En oportunidad de conmemorarse el Bicentenario de la Nación, hace cuatro años, señalábamos en esta columna que los argentinos somos deudores de nuestro compromiso con la Patria. Durante generaciones hemos olvidado el Legado de Mayo de actuar y servir con grandeza republicana para fortalecer el ideario fundacional de los patriotas impulsados por la voluntad popular.

Es que todavía la Patria sigue reclamando estadistas, no administradores coyunturales, y más ciudadanos participativos que habitantes indiferentes, propio de un déficit de valores que lleva a las crisis cíclicas, políticas, económicas y sociales, con enfrentamientos y posiciones irreductibles para resolver el presente y desencuentros a la hora de consensuar el futuro para asumir plenamente la tarea de desarrollar un país representativo, republicano y federal.

La Argentina necesita el protagonismo de hombres y mujeres capaces, que los tenemos, para la función pública con una óptica diferente al de la dirigencia que se recicla en cada etapa constitucional para seguir aferrada al poder. Las metas de crecimiento se frustran en mezquindades enquistadas en verdades únicas. Lejos de ideologismos retrógrados, el país necesita apertura y consensos recreados en la diversidad que aseguren un futuro próspero. Es incomprensible que tengamos índices débiles de crecimiento con un formidable potencial humano y natural, una dicotomía incomprensible para los que nos miran desde afuera.

Quienes hurgan en el pasado tras reivindicaciones sectoriales, también deben observar lo que la historia nos señala de aquella gente que buscó la libertad en 1810: un pueblo rico por laborioso, culto y honesto, con ansias de emancipación para servir, transformar y ver crecer la Patria soñada. Un diagnóstico diametralmente opuesto al del reciente documento episcopal sobre los problemas de la Argentina del siglo XXI, un país "enfermo de violencia” por el delito potenciado por las drogas y las iniquidades sociales.

Nada puede cambiar de la noche a la mañana sin la férrea voluntad que incentive un espontáneo interés por el futuro de la Argentina consustanciado en un proyecto común, con respeto, tolerancia y diálogo aglutinando los diferentes pensamientos, sin los resentimientos actuales. Es el sentido de la nacionalidad con vocación para el cambio que todos queremos, pero que pocos practican encerrados en el salvataje personal, una de las increíbles incoherencias que no nos dejan avanzar hacia la gloriosa Nación que idearon los hombres de mayo.