Luego de un hecho que conmociona a la opinión pública, aparecen las soluciones que pudieron evitarlo. Con estos principios no escritos pero inapelables, se dispuso reorganizar la deplorable seguridad que existía en el Hospital Guillermo Rawson, donde días atrás se robaron una recién nacida de la habitación que ocupaba su madre, pese a los custodios y las cámaras de vigilancia del edificio.
Precisamente en el principal centro de salud de nuestra provincia cambiaron las viejas instalaciones por el imponente edificio actual, pero no se alteraron los malos hábitos y las conductas negligentes que ahora tienden a corregirse. Basta señalar que los vendedores ambulantes recorrían impunemente las diferentes dependencias del nosocomio, no obstante la norma que impide este tipo de comercio en áreas que deben estar reservadas para el personal sanitario y con estrictas medidas de asepsia.
Obviamente, los cuatro portones principales permanecían abiertos para el ingreso de vehículos de todo tipo, lo que invitaba también a acceder tanto a los diversos vendedores como al público. Este facilismo es sorprendente si se tiene en cuenta que el personal porta una tarjeta de identificación y una tarjeta magnética para ingresar en áreas restringidas a la función que cumple.
Por otra parte, se sabe que estos sistemas de seguridad se desactivan a determinadas horas, quedando la vigilancia en manos de la seguridad privada y de los adicionales de la Policía, que se mantuvieron a pesar de la llegada de la empresa de vigilancia. Ni unos ni otros han logrado correr a los vendedores y menos impedir un delito que ha obligado a imponer las razones dictadas por el sentido común.
