Sarmiento dejó definitivamente la tienda de su tía Doña Ángela Salcedo a mediados de 1829. Había leído mucho en las horas sin tarea y estaba agradecido, pero su cerebro pensativo. Era la tercera década de 1800 y los pueblos estaban convulsionados por la guerra civil que se estaba gestando. La causa federal se estaba llevando a cabo en Cuyo y en otras partes de la Confederación, sus integrantes se enfrentaban con las fuerzas unitarias.

Sarmiento, por primera vez, creyó ver las circunstancias que distinguían la barbarie de la civilización. Consideró que el brazo civilizador lo enarbolaban los unitarios y sin otro problema se enroló con estos últimos a pesar de pertenecer a una familia de fuerte arraigo federal.

Tenía apenas 18 años y había recibido su bautismo de fuego en Niquivil (1829) donde peleó como un adolescente que asiste a una bravuconada callejera, por lo que recibió los distintivos de subteniente. En este seno de la guerra civil los acontecimientos sucedieron en Pilar, tierras mendocinas, muriendo allí el Dr. Francisco Narciso de Laprida, circunstancia que ensombreció aun más el panorama político. Sarmiento que acababa de recibir los galones de teniente, tomó la espada de su padre, incorporándose al batallón unitario. En este lugar se encontró con el ilustre presidente del Congreso de Tucumán y otros sanjuaninos de principales familias.

El 22 de septiembre de 1829 se perseguía la finalidad de contener las fuerzas federales preparadas para invadir Mendoza, al mando de Benito Villafañe (federal). El batallón se hallaba en alertado descanso esperando el momento de atacar o ser atacado según la estrategia que indicara su jefe Zuloaga, quien debía reunirse con las fuerzas de Videla Castillo para integrar el ejército del General Paz. En esta situación Zuloaga recibió la visita de Francisco Aldao quien deseaba parlamentar en nombre de su hermano José Félix para ofrecerle un rendimiento honroso, pero en tales circunstancias dispararon los cañones sembrando una enorme confusión. En ese momento Francisco Aldao fue ejecutado de inmediato, por las fuerzas unitarias.

Laprida y Sarmiento lograron salir del potrero donde se había producido la acción. El primero quería que Sarmiento lo siguiera, pero éste no aceptó, separándose. La suerte fue fatal para Laprida, este fue fusilado. Por otra parte el joven Sarmiento fue apresado y entregado al comandante José Santos Ramírez quien por pedido del sacerdote José de Oro lo retuvo escondido en su domicilio, facilitando después su exilio a Chile.

Inevitablemente Sarmiento debió morir en Pilar según lo reconoció el mismo. Cuatros días después que éste fuera puesto a salvo por el padre Oro, llegaba al campamento la orden de ejecución para los jóvenes sanjuaninos: Sarmiento, Echegaray, Albarracín, Carril. Moreno y otros…