Desde finales del año pasado el gobernador Gioja me honró con la tarea de hacerme cargo de la política de ciencia, tecnología e innovación dentro del gobierno provincial y una de mis primeras inquietudes fue proponer a este gobierno lineamientos estratégicos que guiaran el accionar del organismo a mi cargo. Aunque parece una tarea compleja, no lo es tanto si se recurre a las enseñanzas de la historia, en este caso a las genialidades del gran sanjuanino Domingo F. Sarmiento.

En oportunidad de la inauguración del Observatorio Astronómico de Córdoba, el 24 de octubre de 1871, Sarmiento, por entonces Presidente de la Nación dijo: "… Es anticipado o superfluo, se dice, un observatorio en pueblos nacientes y con un erario o exhausto o recargado. Y bien, yo digo que debemos renunciar al rango de nación o al título de pueblo civilizado, si no tomamos nuestra parte en el progreso y en el movimiento de las ciencias naturales… Es de viejos que pecamos. Los pueblos modernos son los que resumen en si todos los progresos que en las ciencias y en las artes ha hecho la humanidad, aplicándolas a la más general satisfacción de las necesidades del mayor número”.

Al respecto me permito alguna reflexiones, para destacar la asombrosa actualidad de estas palabras de hace 140 años.

Cuando Sarmiento inauguró el Observatorio Astronómico de Córdoba, recibió fuertes críticas porque se decía que era un gasto superfluo en un momento de dificultades económicas en Argentina. La respuesta de Sarmiento fue brillante: "debemos renunciar al rango de nación o al título de pueblo civilizado, si no tomamos nuestra parte en el progreso y en el movimiento de las ciencias naturales”. En el mundo actual, ya nadie discute que gran parte del progreso de los pueblos pasa por su capacidad de crear conocimiento a través de la actividad científica y utilizarlo mediante la innovación. Pero cuando Sarmiento tomó la decisión de apostar a la ciencia eran tiempos difíciles donde la gran mayoría de la gente, sobre todo en nuestro país, creía que ésta era una actividad destinada a algunos pocos y no se sabía muy bien para qué servía. ¿A quién le podía interesar en la Argentina de aquellos tiempos hacer ciencia observando el espacio, cuando la riqueza provenía de las vacas y el trigo? Más de 70 años después, nuestro premio Nobel, Houssay, dándole la razón a Sarmiento dijo "Algunos creen que la ciencia es un lujo y que los grandes países gastan en ella porque son ricos. ¡Grave error! Los países ricos gastan en ciencia porque es un gran negocio y porque de esta forma se enriquecen. No gastan en ciencia porque son ricos y prósperos; son ricos y prósperos porque gastan en ciencia ¡Nada da dividendos comparables a los que proporciona la investigación científica y tecnológica! En coincidencia con lo anterior, en 1991 escribió Juan Pablo II en su Encíclica "Centésimo Año”, párrafo 32: "Existe otra forma de propiedad, concretamente en nuestro tiempo, que tiene una importancia no inferior a la de la tierra: es la propiedad del conocimiento, de la técnica y del saber. En este tipo de propiedad, mucho más que en los recursos naturales, se funda la riqueza de las naciones industrializadas”.

Resuelta ya la cuestión estratégica de la importancia de apostar a la ciencia como principal factor de desarrollo, queda por resolver otro dilema estratégico clásico ¿al servicio de quién debe estar la ciencia? ¿Solamente para resolver las inquietudes y preguntas de los investigadores dentro de los paradigmas científicos dominantes o debe tener algún otro fin más trascendente? Sarmiento responde magníficamente esta pregunta, fijando la segunda estrategia que debe guiar el accionar de nuestro Gobierno. Al respecto, nuestro prócer postula en su discurso citado al principio, que la ciencia debe ser aplicada "a la más general satisfacción de las necesidades del mayor número”, en definitiva, el conocimiento debe estar al servicio del bien común. Alrededor de 40 años después, esto fue ratificado magníficamente por una de los grandes científicos del pasado reciente (Nicolás Tesla, inventor de la corriente alternada y de los principios de la transmisión inalámbrica de energía eléctrica). Dijo Tesla: "La Ciencia no es sino una perversión, a menos que tenga como objetivo final el mejoramiento de la humanidad”.

Los compromisos estratégicos de nuestro gobierno en materia de política científica y tecnológica, a través de las instrucciones recibidos por nuestro Gobernador, procurarán basarse en estas enseñanzas. Ese será nuestro mejor homenaje a Domingo Faustino Sarmiento en el bicentenario de su nacimiento.