"Lo grande en Sarmiento fue precisamente la cohesión que existía entre su acto y su pensamiento. No permitió que su palabra fuera más allá de sus actos y por esta vehemencia, por esta tiránica necesidad de no abandonar una u otra de las dos formas fundamentales de su expresión, por esta peculiaridad constante de su pensamiento, fue periodista”. Este es el discurso de Eduardo Mallea en "Prosa de ver y de pensar”.
¿Hubo otro como él? No aquí; y sobrarán cuatro de los cinco dedos de la mano para encontrarle la réplica de su temperamento y a su inconmovible prosa de combate.
Quizá nació para ello. Muchos de nuestros grandes hombres hicieron su escuela en la imprenta pero ninguno alcanzó la portentosa dimensión de nuestro comprovinciano, ya reveladas en las páginas incipientes de El Zonda.
Sarmiento inauguró la prensa periódica en Sud América. Antes, a los 30 años de edad, había abandonado su patria por las luchas penosas de 1841. Llegó a Chile, pobre y cansado y se alojó en una pieza miserable.
Allí escribió una de sus hojas más notables. "San Martín, el padre de la Patria, que había libertado Chile, sólo recibía del pueblo que había sacado de la postración, el desdén y la ingratitud”. El 11 de febrero de 1841 en El Mercurio de Valparaíso aparece un artículo firmado con el seudónimo de "un teniente de artillería de Chacabuco”.
Desde "El Progreso”, de Santiago y Vicente Fidel López desde "La Revista” de Valparaíso, que acababa de fundar, introducen en Chile el romanticismo que años antes, Esteban Echeverría iniciara en nuestro país y en toda Hispanoamérica.
Sarmiento escribió en Chile su mundialmente conocido Facundo. Sólo él pudo hacerlo. Civilización y barbarie. Sólo el pudo lograr que un alegato político y de circunstancias, como fue su origen, alcanzara las dimensiones colosales que cobró esta producción.
Atrapante interés, calidez y amenidad de estilo, espontaneidad y fluidez narrativa son rasgos preponderantes de las prosas testimoniales de Sarmiento. Pero, en entrelíneas permiten advertir el caudal de conocimiento y lecturas, de experiencia y sentido común que respaldaron las más íntimas convicciones del "Maestro de América”.
De sus dos horizontes, maestro y periodista, pudo prevalecer con igual solvencia en ambos.
