El Libertador, José Francisco de San Martín, nos enseñó los renunciamientos que más difíciles le resultan a los mortales: Su retiro del Perú en 1822 para dejar toda la gloria al General Simón Bolívar, dejando inconcluso su proyecto emancipador. Ese hecho no es entendido como corresponde pero nos debe enseñar que retirarse a tiempo cuando lo imponen determinadas coyunturas, contribuye quizás al éxito de los ideales por lo cuales se lucha. Su inteligencia y desprendimiento así lo demuestran: Su alejamiento del Río de la Plata en 1824 a instancia de Bernardino Rivadavia. El impedimento en 1824 para ingresar en compañía de su pequeña hija a Francia y la confiscación de sus libros de Rousseau, Voltaire y Montesquieu.

Su autodecisión de no desembarcar en Buenos Aires en 1829, para no ser participe de la guerra civil y fundamentalmente por reprochar al General Lavalle el fusilamiento del Coronel Dorrego.

Compartió con su familia y sus íntimos amigos el ostracismo y la amargura de haberse obligado dejar lo que mas quería: América.

Sarmiento lo visita en Grand Bourg y le escribe a su amigo el Dr. Antonino Aberastain: "Hay en el corazón de este hombre una llaga profunda que oculta a las miradas extrañas, pero que no se escapa a quienes la escudriñan. ¡Tanta gloria y tanto olvido!

Sufrió en Francia el dolor de la pérdida de su amigo y benefactor Alejandro Aguado.

La gesta Sanmartiniana es la causa de América, y así lo demuestra su activa dedicación y protagonismo para que en Tucumán se declare la independencia, una de las mayores preocupaciones de su campaña: "sólo libraré la guerra de un Estado declarado independiente”. Y a nosotros los sanjuaninos nos toca el orgullo de decir que enviamos dos destacados diputados Fray Justo Santa María de Oro, fraile dominico impregnado de ideas republicanas y aquél por el cual tanto insistió San Martín, el presidente del Congreso Independentista, el Dr. Francisco Narciso Laprida: "A San Juan, le corresponden dos diputados no uno, le insistía al Dr. José Ignacio de la Roza, revise los números censales por favor”.

San Martín murió el 17 y el 20 de agosto a las seis de la mañana, el carro fúnebre recibió el féretro con el cuerpo embalsamado del prócer, que fue acompañado en su tránsito silencioso por un modesto cortejo. Seis hombres del servicio marchaban de ambos lados. Detrás iban el señor Balcarce, llevando su derecha al señor Darthez, antiguo amigo del General y a la izquierda al señor Rosales, encargado de Negocios de Chile. Marchaban enseguida Don José Guerrico, un joven de Buenos Aires hijo de su hermano Don Manuel; el doctor Gérard y el señor Seguier, vecinos ambos de Boulogne. El acompañamiento era humilde y propio de la alta modestia, tan digna compañera de las calidades morales y de los títulos gloriosos de aquél hombre eminente.

El cortejo fúnebre continúo hasta la catedral. En una de las bóvedas de la capilla, fue depositado el cadáver.

Sus sucesores, su hija Mercedes Tomasa y su yerno Mariano Balcarce, sus nietas María Mercedes, quien falleció en Francia a los 27 años y Josefa Dominga quien contrajo matrimonio con el ciudadano mexicano Gutiérrez Estrada, falleció a los 88 años en Francia en 1924, sin dejar descendencia.

En 1880, es decir 30 años más tarde de su muerte fue repatriado durante el gobierno del Dr. Nicolás Avellaneda.

Desde la inmortalidad, el Libertador nos señala el camino del deber, de la pasión por la libertad y el amor a la patria.

Sin educación y cultura no hay futuro. La educación sanmartiniana nos es útil a gobernantes y gobernados y sobre esa pieza fundamental que se llama cultura sanmartiniana, debemos conducirnos para hacer la Patria libre y soberana con la cuales soñaron los fundadores de las naciones americanas.