El papa Francisco, un verdadero pastor preocupado por quienes se encuentran en la vida heridos o en dificultad, conmueve al mundo con sus gestos. Hemos quedado impactados todos al verlo hace cuatro días abrazando a un hombre padeciendo neurofibromatosis, lleno de tumores en la piel, los nervios del cerebro y la médula espinal. Pero hay un tema que le preocupa de modo especial, ya puesto de manifiesto cuando era arzobispo de Buenos Aires: el matrimonio y las familias. De hecho, ha querido convocar a un Sínodo Extraordinario para el año próximo, cuyo tema es "’Los desafíos pastorales sobre la familia en el contexto de la evangelización”.
Quisiéramos en este domingo reflexionar pues, sobre la institución familiar que está en el mismo ojo del ciclón, en el centro de todos los vientos y mareas. Pero la verdad es que la familia es como el cristal, que muchos intentan romperlo porque no consiguen doblarlo. Porque sucede que en estos tiempos se han querido inventar sustitutivos de la familia y todos esos inventos nuevos envejecen velozmente, mientras que la institución sigue vigente. Entre los defensores de la familia está, desde luego la Iglesia que siempre ha visto los valores religiosos como muy unidos a los familiares, hasta el punto de que el Concilio Vaticano II habla abiertamente del "’valor sagrado del matrimonio y de la familia” y Juan Pablo II afirma que "’el futuro de la humanidad depende del futuro de la familia”.
Dios aparece en el libro del Génesis como autor directo del matrimonio y de sus leyes. El propio Dios, cuando se hizo hombre, quiso serlo viviendo dentro y en medio de una familia humana. Y cuando quiso explicar su amor a los hombres y la entrega de su vida por la Iglesia, se expresó siempre en términos familiares, presentándose como el esposo que da la vida por la esposa. Fue también el mismo Cristo quien decidió que el matrimonio no fuera sólo una institución humana o un contrato civil, sino un verdadero sacramento, es decir, un camino de la transmisión de su gracia.
Por eso, en realidad, la Iglesia no está constituida por la suma de individuos, sino por la suma de familias cristianas, pues, aunque cada uno es responsable personal de su propia fe, la verdad es que esa fe nace en la familia y en ella se alimenta y crece. Pero también la vida familiar tiene sus tormentas. Hoy es un hecho que muchos de los grandes problemas de la fe pasan por ella, tanto o más que por los templos o los corazones de los individuos. Muchos de los grandes problemas morales nacen en el seno de la moral matrimonial. Muchas de las tensiones espirituales de las personas provienen de los conflictos entre los padres y los hijos.
Hay que dejar de lado esa opinión que dice que la Iglesia tiene miedo al amor y que lo único que ha aportado al amor son encorsetamientos. Desde este punto de vista hay quienes pregonan que el amor, el verdadero amor, es el del mundo, el del progresismo sin leyes, al margen de toda fe y toda norma; y que luego hay un amor rebajado, recortado, de segunda, una especie de amor casi platónico que sería el amor religioso, el amor cristiano. Pero la realidad es la contraria. Basta con que nos acordemos de aquella escena evangélica en las bodas de Caná: en ella Jesús no convirtió el vino en agua, como hubiera hecho un puritano. Convirtió el agua en vino fuerte y sabroso.
He pensado en una oración que podrían rezar los esposos que se encuentran en dificultad: "’Señor, aquí tienes nuestra vida destrozada como una mesa después de un banquete. Hace ya varios años que nos casamos amándonos. Nos juramos amor eterno. Aquel día me habría parecido imposible este frío de hoy. Pero ya lo ves: no tenemos vino; el amor se fue yendo entre los dedos como un puñado de arena y hoy estamos vacíos, soportándonos, casi como dos que se odian. ¿Y por culpa de quién? ¿Cómo saberlo? Por culpa de los dos, seguramente. A lo largo del tiempo malgastamos el vino del amor, y un oscuro vinagre de egoísmos nos fue llenando el alma. Y ahora estamos aquí, y aún tal vez nos queremos, pero también nos rechazamos, y se acerca del día en que el uno y el otro nos desinteresamos, cual dos desconocidos. ¿No podrías volver Tú a nuestra casa lo mismo que estuviste el día de la boda? Si nuestro vino se convirtió en agua, ¿no sabrás Tú volver el agua en vino y el hastío en amor? Mira, a la puerta del alma hay seis tinajas llenas de vacío que esperan tu palabra. No te pedimos nada. Tan solo te decimos lo mismo que tu madre el día de Caná: Señor ya no tenemos vino, nos falta el amor. ¡Ésta es tu hora! Si Tú quisieras, si Tú nos ayudaras, hoy podría empezar para nosotros el vino mejor de nuestro matrimonio. Amen”.
