En este Jueves Santo en que se hace memoria de la institución de la Sagrada Eucaristía y del Sacerdocio me permito una reflexión sobre el ministerio sacerdotal. Mi gratitud hacia el Señor que me llamó y a los dos pastores santos que marcaron mi vida: Mons. Idelfonso M. Sansierra, quien me recibió cordialmente siempre y me presentó al Seminario, y Mons. Italo S. Di Stéfano, que hace casi 28 años me consagró sacerdote por la imposición de sus manos paternales. Recientemente se publicaba en la revista Forbes, especializada en el mundo de los negocios y las finanzas, un estudio de investigación realizado por la Universidad de Chicago, en el que se daba a conocer que los sacerdotes conforman el colectivo de vocaciones más felices de la sociedad norteamericana. Le seguían el colectivo de los bomberos, y otras profesiones con alto componente humanista y altruista. Se agradece este dato "provocativo”, que nos da la oportunidad de testimoniar la salud de nuestra vocación sacerdotal, en medio de unas circunstancias sociales adversas. A lo largo de mi vida me han preguntado con frecuencia sobre el grado de satisfacción con el que he vivido como cura. Puedo decir en verdad que he sido, soy, y con la gracia de Dios espero seguir siendo, inmensamente feliz. Lo cual no implica que en mi vida, como la de cualquier persona, no haya dolor y dificultades. Por eso mi respuesta ha sido siempre la misma: "Aunque me toque sufrir, soy muy feliz”. Sufro por mis propias miserias, pero también sufro en la misma medida en que amo; porque no puedo ser indiferente a los padecimientos de quienes me rodean, ni a la pérdida de sentido en la vida de tantos. Es más, no creo en otro tipo de felicidad en esta vida. La felicidad, carente de problemas y de preocupaciones, no sólo no es cristiana sino que, simplemente, "no es”. Es posible que resulte más fácil entender la felicidad sacerdotal en otro tipo de contextos sociales, como es el caso de los misioneros, quienes ordinariamente pueden "tocar” los frutos de su entrega generosa. Pero, ¿cómo puede un sacerdote ser feliz en una sociedad secularizada y anticlerical? Me atrevo a decir que sería una tentación y un error identificar la felicidad con el éxito social. La Madre Teresa de Calcuta repetía con frecuencia: "A mí, Dios no me ha pedido que tenga éxito; me ha pedido que sea fiel”. El camino de la felicidad, pasa necesariamente por el de la fidelidad. La felicidad sin fidelidad es un espejismo, una mentira. No existe felicidad sin fidelidad. Y no olvidemos que la fidelidad comporta pruebas, incomprensiones, purificaciones, persecuciones.
Escuché en unos Ejercicios Espirituales que nuestra felicidad es proporcional a la experiencia de Dios que podamos alcanzar en esta vida. Sólo cuando somos conscientes de que venimos del Amor y de que al Amor volvemos, es cuando podemos dar lo mejor de nosotros mismos con plena alegría. Y si tenemos en cuenta que la felicidad no es perfecta hasta que no se comparte, la segunda clave de la felicidad sacerdotal consiste en ser un instrumento de Dios para la vida del mundo. ¡Humilde instrumento de Dios!, ni más, pero tampoco menos. La felicidad del sacerdote no es automática por el hecho de haber recibido las Órdenes Sagradas. Difícilmente podrá haber mayor desgracia que la vivencia del sacerdocio en abierta infidelidad. Recuerdo unas palabras del padre Pedro Arrupe, quien fue Prepósito general de la Compañía de Jesús: "Le pedí a Dios morir antes que serle infiel. Porque la muerte también es apostolado, mientras que la tibieza del sacerdote es la ruina de la cristiandad”. Desligar el sacerdocio de la búsqueda de la santidad, es tanto como divorciarlo de la felicidad. El conjunto de la sociedad los necesita, porque una y otra vez estamos comprobando lo que decía el escritor francés George Bernanos: "Un cura menos, cien brujos más”. Y el genial y provocativo Chesterton lo formulaba así: "Necesitamos curas que nos recuerden que vamos a morir, pero también necesitamos curas que nos recuerden que estamos vivos”.
El sacerdote es un hombre polifacético en su bien definida personalidad. Es Pescador de río por la paciencia en esperar la vuelta del cristiano infiel; pescador de mar para sacrificar su vida bien de los demás. Con su voz puede hacer bajar a Dios en un pequeño trozo de pan, y sus manos creadas pueden sostener al Creador. Su vida humana terminará, pero seguirá siendo sacerdote para siempre, por toda la eternidad: único tratamiento que se puede llevar más allá de la tumba. Se olvida que es sacerdote para todos, y el rico ve mal que trate bien al pobre, y el pobre le llama burgués si atiende a los ricos. Si su labor brilla se le llama ostentoso; si todos sus trabajos pasan a la oscuridad del anonimato es un holgazán. Hoy los sacerdotes les rogamos que recen por nosotros para que el Señor custodie el tesoro divino que llevamos en pobres vasos de arcilla humana.
