En la novela Crimen y Castigo, Dostoievski le hace decir a un oscuro personaje llamado Svidrigáilov que los rusos son "gente de amplias miras, tan amplias como nuestra tierra…; lo malo es cuando estos rasgos no tienen el respaldo de un genio auténtico".

Desde hace siglos, Rusia es una potencia con influencia en amplias zonas del mundo. La vastedad de su territorio, sus ingentes recursos naturales y su gran población la han colocado en un lugar central en las relaciones internacionales. Influyó tanto en Europa como en Asia central, rivalizando con el Imperio Británico por el dominio de esta última zona.

Durante la época de los zares y durante la Unión Soviética, Rusia fue un verdadero imperio. Irradió su poder en su zona de influencia evitando que potencias extrañas se inmiscuyeran en sus asuntos. Su vocación expansiva jamás cesó. Bajo el mando de Stalin, Moscú recuperó los territorios perdidos en la Primera Guerra Mundial e incluso los amplió mucho más allá. Hasta el fin de la URSS, desde Rusia se guiaron los destinos de la mitad del Globo.

Bajo el gobierno de Vladimir Putin, la Federación rusa ha vuelto al escenario mundial. Dos hechos recientes prueban el papel que el país más grande del mundo quiere cumplir. En primer lugar, el veto a la intervención armada en Siria que Barack Obama había prometido. Rusia logró frenar las aspiraciones de los Estados Unidos y sus aliados en la OTAN prometiendo que lucharía a favor de Siria en caso de intervención internacional. Esto representó una gran demostración de fuerza. Aunque fuerzas francesas, británicas y norteamericanas (entre otras) combaten al Estado Islámico en la zona, no se produjo la intervención militar para derrocar al régimen de Bashar al-Asad.

El segundo hecho de consecuencias aún mayores fue la anexión de Crimea. Esta decisión marca un antes y un después en la política internacional y sus consecuencias no están agotadas. El gobierno de Putin trastocó los cálculos de poder de los Estados Unidos y sus aliados, a la par que revitalizó la confianza del pueblo ruso y su Gobierno. No obstante, las secuelas económicas y políticas han sido grandes. La caída dramática del precio del petróleo, la devaluación del rublo y las sanciones económicas han puesto en jaque la economía rusa.

Si Dostoievski tenía razón, las "amplias miras" del pueblo ruso debían combinarse con un "genio auténtico" que, en este caso, guíe la alta política internacional. Es probable que Putin lo sea, pero el punto central es si tiene en claro un objetivo político concreto y si se limitará a él.

Hace más de cien años el Imperio alemán se sumió en la catástrofe de la Primera Guerra Mundial. Su errática diplomacia hizo que antiguos enemigos como Gran Bretaña, Rusia y Francia se unieran en contra de Alemania. El canciller Bethmann-Hollweg se daba cuenta en 1913 y afirmaba que "desafiar a todos… sin debilitar realmente a nadie" sólo puede deberse a la "falta de propósito… la necesidad de pequeños éxitos, de prestigio y halago a cada corriente de la opinión pública".

En la actualidad, el objetivo de Rusia parece ser agrandar lo más posible su zona de influencia anulando la posible intervención de Occidente. Como afirmaba Zbigniew Brzezinski ya en 1998, para los Estados Unidos, Ucrania es fundamental. Una Ucrania aliada a Occidente es la base para limitar el poder ruso y, por tanto, la dramática anexión de Crimea y las maniobras para frenar la inclusión de este país en la OTAN no parece haber sido un acto tomado a la ligera, más allá de sus consecuencias.

La estrategia del Kremlin se basaría en la búsqueda de un reequilibrio geopolítico, donde Rusia vuelva a ser un gran espacio mundial que irradie su poder en Europa oriental y Asia central con exclusión de las potencias Occidentales. Éste es un objetivo limitado y entendible en el contexto de la política internacional impermeable al humanismo. Es mucho menos de lo que Estados Unidos viene haciendo desde hace décadas.

El problema es, primero que nada, que todavía no podemos responder si ése será realmente su objetivo concreto. En segundo lugar, cabe preguntarse si las relaciones de poder son adecuadas para afrontarlo, es decir, si la Federación rusa tiene la suficiente fuerza para sostener este objetivo, cuando es evidente que a cada avance suyo se vendrán más sanciones económicas, embargos y campañas de hostilidad en la prensa y la opinión pública.