En el banco de la placita fue cuando le preguntó si quería ser su novia. Ella bajó la frente y un desmesurado espacio de quietud siguió a la pregunta. Gorriones de cera caían desde la tarde y volvían al sauce. Hojas bronce acunaban su picoteos. Rumorosos instantes como horas, seguramente pasaron, hasta que él sintió el derrumbe y se fue como vino, pero con la ilusión tajeada.

El pueblito duerme. Ni las chicharras traicionan este sosiego. Los perros ni resuellan. Los pájaros han doblegados sus alas. Pero esa quietud es sólo un cuento, una comedia donde los personajes vociferan, lloran y estallan en carcajadas. La vida transcurre casi igual, en el escenario mágico de los sueños.
Puse mi pecho en el atrio de la pequeña capillita campesina. Un olor a jarilla venía desde el potrero. Creo que nunca había escuchado tantos mensajes del silencio. Un enorme ambiente de secreto los traía. La tierna voz de Dios convocaba a ser mejores, más humilde ante la presencia del misterio.
Cartagena de Indias. Entro al gris recinto donde otrora la Inquisición dispuso un centro de torturas. Aparatos infernales homenajean la indignidad y la muerte. Uno trata de pisar algodones ahí; es demasiado duro estar. Desde las paredes acribilladas de miedo saltan voces desgarradoras. Desde los pasillos vienen sollozos como grillos heridos. La sombra doliente de una madre busca a su hijo. El verdugo insulta y escupe ignominia.
En la blanca habitación sólo la madre y dos médicos. Desde la camilla, ella acaricia una ilusión. Por un instante, callan hasta los astros. El silencio espera, hasta que el estallido de un llanto nos devuelve el alma acollarada a la canoita de un chupete; salta el llanto por los ventanales al encuentro de la tarde de estío; se mete en el vuelo de una torcaza, busca sueños por el horizonte y por fin descansa en un pecho virgen de nuevas auroras.
La batalla final de Ganso Verde ha culminado. Un silencio lloroso pisotea los charcos y rebota en los pozos de barro, donde siguen muriendo de soledad cartitas que acarician ausencias desde lejos. Las arengas caen como pañuelos de luto al suelo helado. Todo es quietud extrema. Sin embargo, un país llora estruendosamente a cántaros, grita dolores con nombres y apellido, historias de lunas derogadas y romances quedados a mitad del cielo. Una absurda ambición de epopeya ha estallado en manos inescrupulosas. Gloriosos adolescentes han sido usados hasta la muerte por una camarilla que ha tirado el uniforme al fango y se pierde la historia.