Aunque se ha pretendido desde la esfera del Gobierno nacional desde el 2012 que el crecimiento económico sea del 6,2% a la fecha, hecho que no se concretó, la situación más difícil y que deberá pagar un alto costo político de la gestión actual -más allá de pretender continuar después del 2015-, es como mantener la continuidad del flujo alcanzable en lo que a retribución mensual corresponde a cada trabajador y la conservación tangible de cada puesto de trabajo. Si proyectamos una economía macroeconómica sustentable en términos industriales y comerciales, parecería que las alternativas muestran un decaído optimismo por cada decisión que toma el Poder Ejecutivo nacional.

No hay una riqueza perceptible tal que haga pensar que todos los esfuerzos son consecuentes de un plan previamente establecido, más lo que en evidencia se muestra son decisiones que de alguna forma salen a palear las urgencias del momento. La devaluación del peso argentino desde 2013 nos da la pauta de lo anterior expresado, máxime cuando la verificación de los aumentos tarifarios no consiguen sostener la previsión de los llamados precios cuidados, en contrapartida de un salario en recuperación que no se concreta.

La correspondencia de una política macroeconomía con incidencia en una microeconomía que refleje sustentar el consumo interno, muestra un decaimiento recesivo para este año que no se compensa con los esfuerzos realizables en materia económica. Las supuestas variables que se toman para explicar una recomposición estable no serían marcadamente las óptimas para explicar una expansión virtuosa que signifique una continuidad de la política económica para implementar medidas después de 2015.