Los archivos son frecuentes motivadores de cargos y vergüenzas virtuosas o inadmisibles para los hurgadores del tiempo viejo documentado y fuente de razones valederas para exponer la verdad histórica con fundamento y razón. Esa verdad que indaga y responde al infinito generacional con crudeza, sin falacias ni sonrojos.

Los dolores y quebrantos de una época pasada que yacen enmohecidos, suelen transformarse con liviana pulcritud de época en gloria y triunfo revolucionario, con disfraces y apologías a tono del agudo egotismo político y social.

No es extraño observar ataques de extrema higiene y piromanía en el intento de borrar huellas de antiguos procederes, orgías de números, cuentas, discursos, fotos, emblemas, ilustrativo desapego a la transparencia registrada en archivos privados o públicos, objeto de análisis posterior con otros actores, jueces probos, escritores curiosos y personas simples ‘en busca del tiempo perdido’. Documentos oficiales barridos por la arbitrariedad, los arreglos marginales urdidos y raídos con rastros tardíos de manos presurosas para apuntar, deformar y traducir un genio deslumbrador donde hubo oscurantismo y penumbra administrativa, actitud refundante, memoria acumulada con enmiendas y puntilloso borroneo, daño perceptible y deshonroso que altera una investigación seria, para la exaltación justa y veraz o bien la denostación y la ignominia cual rastro baboso del molusco. La historia quiere ser desplazada por la memoria y desvirtuada por el mito. En nombre de pasados sufrimientos se desea imponer una visión uniocular de sucesos pretéritos, sesgar el sentido temporal de los sujetos, su verbo y el concepto, ignorando descubrir el testimonio y la fuente, amañar la encuadernada selección al ‘yo y mi circunstancia+.

No son pocos los funcionarios que niegan acceso al haber historiográfico, ignorando incluso las irrefutables posibilidades de las modernas técnicas informáticas y comunicacionales que dictan y registran el contraste, la incoherencia del ayer efímero al hoy realista dinamizado y a su vez temporal. ¿Cabe entender una historia indocumentada y concebida sólo desde el impuesto gubernamental sin opuestos ni concesiones argumentales?

Nuestra provincia guarda un Archivo Histórico valiosísimo, inteligentemente ordenado, con personal laborioso y obsesivo custodio de un capital fundamental que halaga al consultante. Enorgullece a la cultura elemental de la ciudadanía que así sea, y es justo preservar su acervo patrimonial contra el manoseo, el latrocinio y la tendenciosidad.

Los ataques de tipo ideológico y sectorial, con intolerancias y bajezas ocasionales, han sido muestras elocuentes de un tiempo faccioso de pretextos, angurria elitista y dolores instructivos. Asombra la archivada década del 40, cuando Perón lo era todo, y el enceguecimiento periodístico lo ignoró al punto de desconocerlo presidente, nunca citarlo, jamás ganó nada, y ahí está en los archivos para los tiempos, como una muestra gratis del abismo moral crítico. Fue un triste desaparecido de la gráfica, un color condenatorio de una nación civilizada, o apuntando serlo.

Los sarcasmos de la política y sus protagonistas, dueños de la sombra, del grito y el silencio, entes que mueven de verdad la razón y el origen de los hechos; la no exaltación sin decoro ni pudor racional que agrede a la república.

San Juan padece y goza de su historia documentada, de sus rastros auténticos por circunscripción entretejida con insidia o bien por omisión misericordiosa o incauta de los escribientes actores sociales. Es entonces cuando sobresalen los archivos privados, la oralidad casi dinástica y seria, la sabiduría templada y rancia del fogón que susurra verdad y respeto por quienes lo apantallaron con voces y, adrede, aturdieron con familiares silencios.

Corresponde una crítica para organismos públicos que exhiben parvas +papelizadas, apioladas y arrinconadas+, donde vale citar los de Educación, Salud Pública, Policía, Vialidad, Rentas, como muestras taxativas y amontonadas de pocas cosas sin calificación formal y que, puertas adentro y sin rubores, aceptan el eufemismo de +archivo+ de la repartición.

No espere el consultor de estos desparramos encontrar algo metódico ni cronológico, tampoco preciso ni coherente, pero es lo que hay, dirá algún amanuense balbuceando de soslayo, deseoso de durar y burocratizar espacio y tiempo.

En el año cervantino vale archivar las palabras del Quijote manchego: +Mirad lo que decís, licenciado; no os engañe el diablo; sosegad el pie, y estáos quedito en vuestra casa, y ahorraréis la vuelta+.

La archivología es pues una ciencia que acude al sistema organizado para refrendar sucesos, etapas de vida y actores justificados del tiempo, sus valores, urdimbres seculares y sempiternas semillas de esperanza para ascender

esparciéndolas con libertad renovada y sano juicio.