Las ciudades hablan de sus necesidades con el paso del tiempo. La de San Juan, no es la excepción. Después de la tragedia de 1944 del ayer quedó muy poco y ese poco, no ha sido valorado sino por aquellos espíritus tesoneros que alguna vez decidieron firmemente salir a buscar objetos, guardaron antiguas fotos, enseres, trajes y mobiliario, muchos de ellos ante la inseguridad de que no se los valore como se debe: con el respeto a las reliquias de familias tradicionales del tiempo que se fue. Pero la reconstrucción de San Juan que no fue en muchos aspectos seria y concreta ni implementada con verdaderas políticas que permitieran vislumbrar un futuro, nos dio la ciudad que se pudo.

La ciudad del miedo a que la tierra de nuevo se convirtiera en un brioso despeñadero interior que volviera a tirar abajo ilusiones y esperanzas, nos dio veredas anchas para instalar emergencias, carpas o lo que fuera necesario camas de hospital por ejemplo en caso de volver a ocurrir un siniestro tan doloroso como el de aquellos días de enero. Tan sólo para la catedral se recibieron hasta propuestas locuaces de construcción que terminaron dándonos la actual recién en 1979 y sin terminar con la colocación aún en la fachada de los santos porque el vandalismo juega con ellos.

Han pasado más de 70 años y la ciudad hoy es chica. Para el comercio, para el transporte, para el tránsito. Es incómoda y desordenada, hay mucha gente, muchísimos vehículos y escasos espacios verdes. Estamos llamados a repensar la ciudad.

Es hora de que quienes la planean para 50 ó 60 años más, cuando nosotros no estemos, sepan que si el suceso aciago del ’44 sepultó innecesariamente las antiguas construcciones, hoy no podemos darnos el lujo de borrar lo poco que quedó y lo que 70 años después es viejo. Porque no es justo que todo sea borrado, quitado, y se convierta en referencia. Miremos si no lo que pasó con el Hospital Rawson, joya arquitectónica que se batió a duelo con los taladros que se incrustaron en sus entrañas para demolerlo. Hubo pabellones como Clínica Médica y Traumatología que presentaron ardua batalla a la picota destructora.

Hoy, vemos erguirse el Teatro del Bicentenario y la concepción del borrar de un plumazo lo ya establecido en derredor plantea quitar, pulverizar, eliminar, la escasa memoria que nos queda hacia el oeste citadino. La Estación San Martín no necesita irse cuando es lo único que nos queda para la nostalgia y el recuerdo. El concepto ‘remodelador”, tiene que pasar por repensar un paisaje cultural en ese ámbito donde se pueden perfectamente unir cultura, educación e instituciones al estar el imponente edificio del Centro Cívico y la Legislatura tan cercanos, el teatro, los museos de la memoria y el que puede emplazarse en el casco de la antigua estación y una gran escuela técnica en el mismo radio, para no llamarnos al olvido dentro de algunas décadas.

La ciudad necesita boulevares más estrechos, sí, pero mentes estrechas no. La arquitectura actual que se proyecta en nuestra facultad no parece mirar al patrimonio con el respeto que inspiran a otros arquitectos en otras partes del mundo las antiguas estructuras. Cuando se es reticente a los cambios hay quienes ejemplifican mal desde luego diciendo que la famosa pirámide de cristal en el patio del Louvre, obra de Ieoh Ming Pei, desde su construcción, sigue sujeta a polémicas, debido al contraste de estilos entre la modernidad del vidrio y el clasicismo del museo, pero que ahora la aceptan y han aprendido a quererla.

San Juan no tendría problemas en ser la ciudad que proyectan sus arquitectos hoy si en lugar de ‘quitar” el verbo fuera ‘integrar”. No se entiende cómo no pueden visualizar sus proyectos incluyendo no sacando. Desde el punto de vista de embellecer, creo que interesa más saber qué se va a hacer con la vereda de calle Las Heras frente al Teatro del Bicentenario, qué se espera para mejorar el aspecto deplorable de los alrededores de la EPET Nº 5 que no lucen la mejor cara al termino de la vía rápida en la cuadra previa al teatro, sino que parece una albarda.

La Estación San Martín con su farola con su fachada imponente merece el trato venerable que díerase a un anciano en su apacible senectud. Qué belleza si se la rodeara de adoquines y macetones coloridos con flores o plantas cactáceas…! Repensar la ciudad es tarea de todos, escuchar a los que queremos una integración cultural, educativa y protectora de lo que nos queda, es un deber para los funcionarios del San Juan que vamos a legar a nuestros jóvenes y niños.

Hoy urgen innumerables cambios necesarios para refuncionalizar desde el ordenamiento del tránsito al estacionamiento pasando por sus plazas, parque y paseos.