Cuando pensamos en una renovación educativa, esta no debe abarcar solamente la modificación de programas. Es una tarea exploratoria de envergadura y consenso donde se reúnen la visión de las autoridades jerárquicas y de los niveles de decisión; como así también la opinión de los docentes y la aguda observación acerca de las necesidades y requerimientos de los alumnos. Esto supone un ajuste a la realidad emergente y una actitud coherente con las herramientas elementales con las que se debe contar para emprender la labor sin cuestionamientos de tipo administrativo ni de gestión. Las claves deben estar situadas en la interactuación y participación efectiva entre el binomio educativo y además la interrelación con los progenitores.

Cuando se habla de reactualización se apunta a una escuela reflexiva más allá de los procesos de memorización y del pragmatismo; y en el deber ser más allá del adoctrinamiento e ideología. Los programas tienen que contener un espíritu crítico flexible dirigido a metas superadoras con contenidos esenciales y objetivos claros. Solo así el docente y el alumno logran un entendimiento que nunca es materia de improvisación sino de profundidades donde se encuentra la raíz suprema del conocimiento para la vida, no para el enciclopedismo; para el racionalismo rígido ni para la banalidad cubierta de sofisticada y artificiosa ideas de laboratorio.

Estamos ante la escuela formadora por excelencia pero de puertas abiertas al mundo digital donde caben alternativas de comunicación y caminos de perfeccionamiento. La comunicación de doble vía ayudará al enriquecimiento mutuo y a los aportes personales integrados a un sistema de comprensión y vanguardia.