En la actividad escolar hay que distinguir el rendimiento educativo de la habilidad y esfuerzo para lograrlo. Se piensa que la actividad intelectual se ve favorecida para quienes tienen una capacidad natural de adquirir los conocimientos frente a quienes para lograrlos tienen que ‘empeñar’ su voluntad en pro de tal objetivo. Sin embargo el éxito no está garantizado ni en uno ni en otro caso ya que el desarrollo del intelecto va unido a la experiencia de su ejercicio.

En concordancia con un modelo de alumno en el contexto escolar, los profesores valoran más el esfuerzo que la habilidad para alcanzar los resultados. De esta manera si hay un importante número de ‘capaces intelectuales’, estos no son considerados inmediatamente y los mismos estarán a la espera de un reconocimiento deseado. Por lo tanto podemos establecer tres categorías de estudiantes según la presente instancia de análisis:

Los alumnos que tienen éxito y se orientan al dominio de varias asignaturas pues demuestran una importante autoestima y seguridad. Aquellos que tratan en lo posible de evitar el fracaso ya que su aptitud y estima se presenta deteriorada por experiencias de vida, que requieren de un acompañamiento especial para alcanzar los objetivos. Y finalmente los estudiantes que aceptan en forma pesimista que el sentimiento y el valor de lo aprendido sólo les dará un buen resultado si la suerte está de su lado ya que adquirir el dominio de la situación educativa es difícil o bien casi imposible.

Formar el intelecto para el estudio no sólo se refiere a considerar el estado en que el sujeto escolarizado se encuentra en situación educativa sino que tal circunstancia va a depender en gran medida de la capacidad de interés que el maestro haga despertar en el alumno y de la habilidad técnica en recursos pedagógicos y didácticos que posea.