Si hay algo que caracteriza a las poblaciones que sufren algún tipo de catástrofe provocada por el hombre o por la naturaleza, es su capacidad de resiliencia, esto es, sobreponerse a la adversidad y recomenzar de nuevo todo. Es lo que ocurrió en San Juan tras el terremoto del 15 de enero de 1944. Nuestros comprovincianos tuvieron que realizar, por entonces, una suerte de taller emocional acelerado para superar la tragedia en la que se vieron envueltos al quedar huérfanos, en breves segundos, de sus afectos más queridos y de sus pertenencias materiales. San Juan quedó devastada.

Nadie encontraba un punto de referencia para saber hacia dónde tomar. Estuvieron, de pronto, inmersos en un desierto de escombros mezclado con escenas dantescas y fantasmagóricas, imposible de borrar de sus retinas. Obviamente, en algún momento comenzó la tarea de reconstrucción. Las máquinas del "pibe topadora" arrasaban con todo a su paso constituyéndose así en una metáfora de esos tiempos, donde pareciera que en el inconsciente colectivo primaba la idea de olvidar todo lo pasado, de no hablar más del tema, y silenciar definitivamente el horror atravesado. De esta manera, las nuevas generaciones crecieron sin saber que existió "otro" San Juan, con una arquitectura bellísima en el diseño de muchos de sus edificios que de haberse sostenido, hoy podría deleitarnos por igual a todos.

Los acontecimientos se sucedieron en forma tan vertiginosa que la gran mayoría de los sanjuaninos que perdió a sus seres queridos nunca supo a ciencia cierta dónde fueron a parar sus restos. Lo imaginaban, pero no lo querían aceptar. Por ello, muchos partieron con sus muertos, contrariando las órdenes de la intervención federal, hacia cementerios más cercanos para darles cristiana sepultura. No soportaban la idea de que sus seres queridos fueran cremados.

Varios testimonios dan prueba de ello: Eloy Próspero Camus, exgobernador de la Provincia, trasladó a su madre, Susana Nolasco, a Niquivil, Jáchal; el Dr. Horacio Videla sepultó provisoriamente a su madre, Rosa María Videla, en la finca familiar de Cochagual. En departamentos cercanos donde las oficinas del Registro Civil no fueron dañadas, el 17 de enero abrieron normalmente sus puertas. Es el caso de Caucete: hasta allí llegaron ciudadanos del departamento Capital para denunciar a sus familiares fallecidos. De igual modo ocurrió en Pocito donde, entre otros, varios integrantes de la colectividad libanesa aparecen en el listado de este departamento (Avelin, Achem, Raed, Nefa).

Las urgencias inmediatas (vivienda, comida, atención médica) concentraron, sin distinción, la atención de todos. De esta manera, pareciera que la tarea de denunciar a las víctimas del terremoto quedó en un segundo plano. Esto comenzó a realizarse de manera muy lenta a medida que transcurrió el tiempo. Hemos investigado en todos los archivos posibles la identidad de quienes perdieron su vida, particularmente, en los libros de defunción del Registro Civil de la Provincia custodiados por el Archivo del Poder Judicial de San Juan. La tarea investigativa abarcó los años 1944, 1945, 1946, 1947 y 1948 para Ciudad Capital y sus distritos Concepción, Trinidad y Desamparados.

Para el resto de los departamentos, se rastrearon datos sólo de 1944. La riqueza informativa extraída de las actas permitirá a los investigadores o familiares interesados en Genealogía encontrar valiosa información (más de 30 datos por fallecido) que se adjuntará en formato CD a la publicación del trabajo final. De esta manera, San Juan, a partir de ahora, cuenta con un padrón de víctimas del terremoto. A la abstracción teórica y estadística sostenida por muchos hasta hoy (referida al número de personas fallecidas) se antepone este instrumento de gran valor histórico y humano. Es una suerte de reivindicación social y moral; de revalorización de la memoria colectiva y de punto inicial para poner fin a la "memoria clausurada" por tantos años.

Un merecido homenaje a todos quienes partieron ese fatídico 15 de enero de 1944. El Estado provincial mantiene una deuda de 71 años para con ellos. Aún no ha sido levantado el monumento que perpetúe su memoria.

Hoy, en la página a mi cargo de Facebook, "Víctimas del terremoto de 1944", desde Buenos Aires, Manu Olguín, consulta por sus parientes fallecidos. La respuesta es la siguiente: el 17 de abril de 1944 (tres meses después del terremoto) se presenta en el Registro Civil, 2ª Zona, Capital, el señor Leopoldo Baca para denunciar el fallecimiento de seis de sus familiares: Cira Lola Funes de Baca, Dolores A. Rodríguez, María A. Rodríguez, César Guido Olguín y los hermanos Daniel y Raquel Lola Rodríguez de 11 y 9 años respectivamente.

Al momento de la tragedia, los hermanitos Rodríguez estaban rezando en una capilla del interior de la vivienda de calle Gral. Acha al 462, en Concepción.

(*) Sociólogo.