Los obsequios suelen ser bien recibidos por todos. A veces envidiamos a quienes los reciben o les va bien. No obstante, no deberíamos mirar el éxito obtenido, sino el camino empedrado, que alguien tuvo, para llegar a ese éxito en la vida. El premio, vida, fama, dinero y placer suelen ser envidiados por casi todos. Pero, casi siempre, atrás de esa ruidosa pantalla, se esconde el silencio, en esa persona, que habiéndolo recibido, prefería no haberlo tenido. Los méritos obtenidos son diferentes a los obsequios. El mérito implicaría algún reconocimiento a alguien por su aporte, camino o trayectoria. En cambio, el obsequio implicaría donarle algún objeto a una persona, que por lo general apreciamos. Y, es aquí en este contexto, cuando el filósofo Marcial nos decía que ‘los regalos son anzuelos”.

Si alguien dona para pedir algo a cambio, o para suministrar obligaciones, suele poner en un compromiso bastante serio a la persona que lo recibe, además de ponerse él mismo, bajo actitud sospechada. Precisamente, hoy casi nadie te regala nada, y muchos cobran en largas cuotas, esas preciadas ayudas. En ese sentido, decir que países ayudan a otros a cubrir sus miserias, no dejaría de ser ello una máscara social más, cuando esas ayudas financieras, son cobradas en grandes sometimientos e intereses. Precisamente, la actualidad, resultaría el infortunio de lo que sucede a mí alrededor. El obsequio más humillante para restablecer el equilibrio de la dignidad humana, es el de regalarle el pan a la gente, no por el hecho de que regalarlo sea algo malo, sino porque termina siendo lo más denigrante para cualquier persona, el no poder lograr el propio sustento. ‘El regalo de un enemigo es ruinoso, no un regalo”, decía Sófocles.

Es ruinoso, el perpetrar en la conciencia de una persona o sociedad, el sistema de que todo se consigue fácilmente. Y, es un enemigo de la humanidad, aquél que lo perpetúa como sistema. Muchos obsequios se han hecho hasta entonces, pero muy pocos se harán de aquí en más, sí las dádivas empiezan a escasear. Cuando mayor es la corrupción, menor es el progreso social. El despilfarro de dádivas y corrupción, han condenado en Latinoamérica, a una generación entera, al sometimiento y a la pobreza. Y, en este contexto, de competencia desleal, propuesta por este sistema, es cuando la vida resulta una verdadera injusticia. Es que en este universo en crisis somos todos perdedores. En tiempos de vacas flacas engorda el volver a la esencia.

Ojos inundados de pavor y estupor al nervio del primer empleo, miradas carentes de modales, esperanza, satisfacción, placer, reconocimiento, reconciliación, afloran ante esa mano dadivosa, que ya corre el peligro de ser extirpada. A veces, uno se siente en una gran desventaja, frente al que tiene todo, y nos regaló todo. Momentáneamente, la gran desventaja, la suelen sentir en lo más profundo de su alma, aquellos que han nacido con estrellas, con talento, porque no necesitan esforzarse para lograr cosas. En cambio, la gran ventaja de la vida, la tienen los estrellados, que tienen que levantarse todos los días para hacer el porvenir. No obstante, muchas menudencias de la vida hay que saber disfrutarlas, cuando alguien es destacado momentáneamente, porque casi nada dura para siempre. El mejor regalo que podemos hacernos, es el de sentir empatía por los demás.

La mayor presión psicológica la suele sentir el líder, cuando tiene que brindar todo lo recibido, al conjunto de la sociedad que le da ese liderazgo. Es decir, que al fin y al cabo todos estamos en deudas, los unos de los otros, por los talentos recibidos. Todos deberíamos ser obsequiadores seriales desinteresados los unos de los otros. Todos, tantísimos, deberíamos animarnos a entrar en la verdadera ‘transformación metafísica”, que implicaría salir al individualismo. Si el amor, la vida, el salario es visto como mercancía, regalo o ganancia, triunfará el egoísmo.

Es decir, la persona que más sufre, es la que no se regala nada a sí misma, porque es bueno disfrutar de las pequeñas cosas, y de aprovechar el momento presente, junto a otros. El que vive acelerado, por lo general no aprovecha el presente, y tampoco el futuro. Allí, si la muerte nos sorprende, es cuando hicimos todo por la vida, pero sin recibir nada. El mejor obsequio, no es el que viene por el fruto del dinero, porque el que obsequia sabe lo que da, pero cada uno, es el que verdaderamente sabe lo que ha recibido o debería recibir. Muchos regalos se hizo el hombre en la historia, pero el mejor regalo que se puede hacer de aquí en más, en este sistema terrenal, es el de pasar del obsequio paupérrimo y tribal, al obsequio definitivo y supremo. Ello, es ‘el parar con las dádivas de la involución, para pasar al gran regalo de la materia prima, en la preciada innovación”.