Como respuesta al estudio elaborado por el Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina (UCA), donde se afirma que solo entre enero y marzo de este año, 1,4 millones de personas se sumaron a la pobreza y que al menos 13 millones le dan vida hoy a la ignominia de la miseria y marginalidad, se ha venido suscitando una serie de entredichos que intentan poner en el centro de un debate que es estéril a la figura del papa Francisco.

Desde la prédica, que a lo largo de toda su vida pastoral ha mostrado como devoción por los pobres de toda pobreza, el hoy Papa, desde su sabio saber y entender no ha contribuido a generar los problemas de zozobra que se viven como sociedad, los de corrupción que cruzan a toda la clase política dirigente, los de postergación, hambre y miseria que golpea a gran parte de la población, pero tampoco a pergeniar los acuerdos y políticas sombrías, nefastas y corporativas, que han atentado sistemáticamente en contra del bien general y el interés nacional.

Nuestra Iglesia y en particular, su Doctrina Social y la Pastoral Social, siempre han intentado ser la voz de los más desvalidos y desprotegidos, porque cuenta con la absoluta autoridad moral para expedirse respecto a los problemas que hacen a nuestras pobrezas y miserias humanas, y porque la inmensa mayoría de nuestra comunidad, está contenida en ella.

Por esta razón, en el contexto de los tironeos que se atizan a través de los medios sagazmente, no dejo de observar con cierta perplejidad como muchos de los responsables de todo cuanto nos ocurre intentan limpiar no solo sus culpas, sino que las responsabilidades que tienen que ver con la falta de aptitud para gobernar, y la falta de valores éticos y morales para gestionar y administrar.

Los problemas de pobreza, inseguridad y corrupción, no constituyen en si mismos problemas que no puedan tener solución, representan una consecuencia de una dolencia que se torna estructural, ante la incapacidad de prácticamente toda la clase dirigente, de imaginar una Argentina austera, fecunda, prospera, previsible y de largo plazo.

Esta incapacidad, que además de perversa y anodina es causal, surge porque no se entiende que en un sistema democrático todos gobiernan, es decir, quienes desde el oficialismo tienen la responsabilidad de impulsar y proponer políticas rectoras, y quienes desde la oposición, tienen la obligación de aportar y consensuar, pero mas que nada controlar la gestión Gobierno.

Desde esta perspectiva todos sin distinción son responsables, y en este sentido ningún grado de discusión puede ocultar la mezquindad, maldad, ineptitud y oportunismo, que caracteriza a la mayoría de quienes intentan detentar la condición de actores y líderes políticos.

De la misma forma en que no es posible explicar la existencia de más 4 millones de personas sumidas en la desesperanza, tampoco se puede excusar a presidentes o ex presidentes, gobernantes, altos funcionarios, reconocidos empresarios, jueces, sindicalistas, jefes del alto mando policial etc., que se encuentren sospechados y enjuiciados, porque es desde el derrotero de su accionar donde ha echado raíces, la profunda crisis ética y moral que nos acosa como sociedad.

Esta realidad que nos duele como sociedad, no cuenta con ninguna posibilidad de ser modificada si no se interpreta como debe hacerse, que la ‘razón del ser de la política” la constituye la decencia y transparencia y el debate de las ideas, y que la ‘razón del ser del compromiso político”, no tiene porque estar relacionada a una lucha partidaria destinada a proteger a corruptos y delincuentes o irrisoriamente enaltecer a quienes actuando como cortesanos defienden intereses foráneos o económicamente concentrados que en conjunto no contribuyen a edificar la grandeza de la Patria.

Cuando a un niño o a un adolescente se le pregunta cómo quisiera que fuera la Argentina, este púber sin meditar un momento, hace palpable el ideal de una Argentina que prácticamente ninguno de quienes cuentan con la virtud de gobernar, se la imaginan. Este impedimento que es avieso, es quien incita a creer que la política representa el único camino a transitar, para obtener todo aquello que no se puede alcanzar desde un lugar donde lo que se privilegia es la cultura del esfuerzo, el trabajo y la honestidad.

En las últimas elecciones en Tucumán, se presentaron 40.000 candidatos que representan el 0,01% de la población nacional, a distintos cargos electivos. Esta masiva participación que debía enorgullecernos, se palideció dramáticamente al constatar de que entre estos salvadores de la Patria, hacían espuma los oportunistas, ignorantes, laderos, punteros, testaferros y corruptos.

Cuando en relación a todos estos personajes, la Justicia se expida desde la probidad que hace a jueces intachables y no inmorales, estaremos en condiciones de proclamar a todos los vientos, que los políticos y la política son insustituibles para dignificar desde la diversidad y desde una vertiente de ideas y pensamientos, nuestra tan abusada y vilipendiada vida democrática.