Comienza hoy un nuevo ciclo lectivo en el que las esperanzas y los desafíos se acrecientan. Todo inicio requiere optimismo y exige esfuerzo, aunque la realidad objetiva muestre sombras por encima de las luces. Más aún, cuando los aspectos negativos quieran tener primacía por sobre los logros, el entusiasmo para trabajar con ahínco debe ser mayor.

La realidad no existe para ser negada sino para ser asumida y superada. En una fábula de Jean de La Fontaine, el autor relata que, para elogiar las virtudes del trabajo duro, un labrador decía a sus hijos: "No vendan la herencia que nos han dejado nuestros antecesores: porque ella encierra un tesoro". Pero el anciano fue sabio al enseñarles, antes de morir, que "la capacidad de aprender es el tesoro".

Uno de los desafíos de los argentinos en esta hora actual es redescubrir que la educación es el tesoro que aportará riqueza segura a nuestro país. No se trata de aumentar los índices económicos solamente, sino un patrimonio constituido por riqueza de ideas, proyectos, y conocimientos adquiridos con el esfuerzo para crecer y el compromiso solidario para con los demás. No se trata de lamentarse sobre un presente que pareciera cerrarse, sino apostando por un futuro donde el largo plazo pase a ser una constante y no una excepción. Los tiempos difíciles no son para mediocres sino para quienes con coraje reavivan cotidianamente la esperanza. Procuremos entre todos que la escuela y la educación no pierdan la noción de cuáles son sus objetivos centrales. Colaboremos en forma mancomunada para que niños y jóvenes se entusiasmen con la tarea del aprendizaje y no los desalentemos menospreciando la labor del intelecto.

Los iluministas del siglo XVIII sostenían que "para el ignorante, la libertad es imposible porque no existe autonomía sin pensamiento, y no existe pensamiento sin trabajo sobre uno mismo". La sociedad argentina necesita una escuela donde el orden no sea una mala palabra y el esfuerzo un medio para adquirir la auténtica libertad.

En el año en que los argentinos nos disponemos a celebrar el Bicentenario, duele comprobar que la educación, uno de los soportes fundamentales del admirable desarrollo alcanzado por el país en 1910, esté hoy marcado por una difícil declinación. Pero este diagnóstico requiere que entre todos nos comprometamos para que nadie quede atrapado por la marginación y el desaliento, y que nadie deje de luchar por su propio futuro educándose y por su propia capacidad de crecimiento espiritual y cultural para crecer.