El Gobierno nacional tiene un llamativo déficit en la ejecución de los planes sociales, ya que cuando ha transcurrido más de la mitad del año, en una gran parte de los programas dirigidos a los sectores de escasos recursos se lleva usado menos del 30% de los fondos correspondientes a todo 2010. Los resultados son presentados en un informe que elabora la Asociación Argentina de Presupuesto y Administración Financiera Pública (ASAP) y resultan sorprendentes, puesto que el Poder Ejecutivo siempre eleva la bandera de las acciones sociales que realiza.
En siete meses no se llegó a utilizar ni siquiera un tercio de los fondos dispuestos para combatir el sida, promover el empleo social, para innovación tecnológica, o acciones compensatorias en educación, entre otros programas. En un escenario de constantes modificaciones es probable que avanzado el ejercicio se termine pasando el dinero que no se usó para paliar graves déficits sociales, para, por ejemplo, gastos superfluos o discutibles, como el Fútbol para Todos.
La administración pública ha pasado por épocas de grave escasez de recursos, y por otras, como la actual, de abundancia. Pero lo que no ha dejado de ser la constante en muchos casos, es la pobre gestión de esos fondos, magros o generosos. No es un problema de un solo gobierno ni se puede culpar sólo a la actual administración. Aunque hubo fondos, nunca se consiguió avanzar en el saneamiento de la Cuenca Matanza-Riachuelo, siendo que su recuperación fue la prioridad del gobierno de Carlos Menem. El mismo problema se repite actualmente con un gobierno que dice tener otro modelo, mientras la Corte Suprema de Justicia interviene y hasta ordenó graves sanciones a los funcionarios incumplidores. La cuestión es que la contaminación sigue, aunque el dinero para ejecutar las soluciones está.
Peor aún es descubrir que para atender a enfermos de padecimientos gravísimos, mortales o contagiosos, como el sida, hay rémora en la utilización de los recursos. Es en esta clase de programas, como en los de infraestructura y construcciones, donde se advierte la eficacia o la ineficiencia en un gobierno. Nuestro país se debe una verdadera reforma del Estado para que no se discuta, por ejemplo, si hay más o menos dinero para combatir el sida, sino para que se logre que menos gente se enferme y que los enfermos estén mejor atendidos.
Es que tener dinero, poco o mucho, y no saber cómo gastarlo es la peor de las pobrezas.
