Por el (*)
La confianza del hombre se debate entre la fe humana y la fe divina, cuando no, su inclinación está en las cosas o quizás en nada. El hombre, necesita poner a prueba su fe, no sólo porque ello implica una relación de compromiso, sino porque desde su vida interior o bien desde su psiquis existe la propia demanda de esa intimidad.
Por otra parte, cuando su vida pasa por definir actos que le significan una entrega total de su condición humana, es muy común que entre en conflicto con su parte sensible, propia de los sentidos, y con su misma fe, esa convicción espiritual que lo determina a creer e identificar su destino con un propósito, pues no todo está determinado y la capacidad del hombre a la libertad le indicará como jugarse y encontrar su propio fin.
Desde hace casi dos mil años, el hombre de fe, creyente, ha sido llamado a saber y comprender la real presencia de Dios en la Eucaristía, también denominada Cena del Señor o Comunión como sacramento; ello ha significado para el mundo cristiano no sólo el verdadero soporte de la esperanza en su propio trayecto de vida sino además, la promesa de vida eterna.
La real presencia de Dios en el sacramento de la Comunión en la persona de su Hijo Jesucristo bajo las especies de pan y vino consagrados va a significar que el mismo Jesús aparece ante nosotros en cuerpo, sangre, alma y divinidad y además va a testimoniar que el mismo Jesús está con cada uno de nosotros por lo que cada acto, cada actividad o cada trabajo que realizamos nos llevará a un estrecho vínculo con otros -nuestros semejantes- a una posibilidad concreta de acercarnos a ese "’otro” desde nosotros mismos. ¿Cómo es visto entonces el hombre por Jesús el Cristo? La respuesta es, como un verdadero hermano por lo que ya no habrá entre la comunidad, nadie que este separado, apartado o sólo…
En toda visión que tenemos las diferencias o apariencias nos pueden dividir o quizás en muchos casos tales nos encuentran desunidos o en la vereda de enfrente, por el contrario, debería haber un lugar más para la amistad y no para la discordia. Nuestro Señor Jesucristo, lo pensó así. Entonces, siempre está la posibilidad de reencontrarnos con Él, en cada celebración o misa, pues no importan los convocados sino el hecho mismo de compartir con el mismo Jesús. Su llamado es para cada uno.
Conmemorar su sacrificio en la Santa Misa es la oportunidad de reconocer que fallamos y que tenemos esa instancia -que no debemos perder- pues hemos sido invitados a la Cena del Señor para renovar la amistad con Él y con el prójimo.
Si por otro motivo, dudamos de la presencia real y divina de Jesús en la Eucaristía, siendo que El mismo quiso quedarse con nosotros de esta forma y por consiguiente, perdemos el horizonte de la comunión, principal sustento de la fe, es que nos estamos separando, dividiendo y por lo tanto es posible que creamos que la fe y el soporte de ella está en otra cosa o quizás en otro lado.
Muchos cristianos son tentados a separarse de la fe de la Iglesia, la misma que fundara el mismo Jesús, Aquel, que nos espera cada día o cada fin de semana a compartir Su Cena. Aquel que quiere la amistad con nosotros y con todos los hombres. Aquel que tenazmente nos reclama que abramos la puerta de nuestro corazón, pero con mucho cuidado, pues siempre dependerá de nosotros ya que esa puerta tiene picaporte desde el interior, el nuestro y Jesús por más que golpee una y otra vez y hasta incansablemente sólo dependerá de nosotros abrirle para que El mismo entre a nuestro corazón.
Recordemos siempre que es el mismo Jesús el que sale al encuentro para invitarnos a compartir la Comunión. No es mérito de nosotros ir, sino que los méritos están en El de recuperarnos. No nos ata ni nos detiene, nos da la libertad de elegir.
