Había que verlo subir al cuadrilátero. Sin esa pose generalmente triunfalista de los boxeadores. Simple, humilde, bien sanjuanino, bien nuestro. La gente lo quería así. Raúl fue siempre un manso, un gran tipo, cuando jugaba al fútbol en la primera división de su querido Marquesado, cuando actuó como árbitro de ese deporte y cuando subía al ring a ganarse la fama y la chapa de ídolo. Hombre correcto, amable; costaba entender cómo una persona con ese talante se jugara la vida y los sueños a los sopapos, esas extrañezas del boxeo.

En una época donde el reino de los livianos pertenecía durante años legítimamente a Mendoza, gracias a su crédito Carlos Aro, Raúl disfrutó de la oportunidad de disputarle los cetros argentino y sudamericano en nuestra provincia. En una noche mágica, contrarió todos los pronósticos, derrotándolo claramente en pelea memorable donde el "Aldo Cantoni” estuvo al tope como pocas veces, rebosante, más sanjuanino que nunca.

Los ídolos que la gente se forma como anclaje imprescindible para justificarse en un lugar constituyen ese polvo sagrado del cual cada tierra está hecha, esa sustancia invisible que es carne del alma popular. Esto es así en todas partes. Por esas mezquindades inexplicables, a veces se podrá intentar derribarlos, ocultarlos, disimularlos, ignorarlos, pero la gente ya los ha incorporado, y cuando eso ocurre, es imposible extraerlos de la piel y los sentimientos, es la propia gente quien se encarga de defenderlos; es muy desafortunado pegarle a quien -aunque sea una vez- nos ha hecho feliz.

Las acciones de la buena gente están hechas para servir. Cuando alguien se entrega para honrar con sus actos a los demás, son muy difíciles los olvidos. Raúl Bernardini sigue allí encaramado a un cuadrilátero nostalgioso y azul, como un niño se prende al amor materno. Desde ese reino de amor correspondido, Raúl se ha de saber poderoso de cariños ajenos y saludable amor propio.

Se ama desde todos los costados lo que nos hace feliz, a pesar de cualquier contratiempo o acto humano contra natura. Allí, por un momento, en ese tablado iluminado, donde desde dos rincones irreconciliables dos hombres representan una de las caras ásperas de la vida, él fue feliz junto a nosotros, y eso se paga con la dignidad del respeto, el amor y el reconocimiento.