Cuesta aceptar ese viejo apotegma "Todo ser humano tiene un precio”, cuando hay innumerables ejemplos que ello ocurre en el diario devenir de nuestra sociedad.
La calidad del ser humano se ha venido depreciando de tal manera que hay tantos enfrentamientos entre individuos distanciados generacionalmente. Hoy los jóvenes ponen en duda el alcance de los valores y principios morales, o de aquellos ideales que fueron la gran fuerza motriz de grandes epopeyas que marcaron la presencia de prohombres y héroes que la historia no se cansa de resaltar como símbolos de argentinidad, de identidad como pueblo y forjadores del sentimiento de ciudadanía.
¿Desde cuándo dejamos de tener a esos San Martín, Sarmiento, Belgrano, Alberdi, por citar a algunos?
¿Desde cuándo los argentinos perdimos a esos hombres que con su valor moral, con su firmeza de convencimiento, con ese indubitable amor a la Patria nos enseñaron que el único camino que hay que transitar hacia un futuro mejor en todo sentido se construye con un presente mejor?
¿Qué nos está ocurriendo como personas que hoy hablamos de drogas en cualquier contexto social, familiar, legal, policial, religioso; o de embarazos a temprana edad como si fuera un tema habitual en la estructura cultural; o de incontables muertes violentas en cuantas formas una mente desequilibrada pueda imaginar; o de delincuencia juvenil creciente a índices alarmantes; o de una inseguridad en expansión que nuestros políticos observan con evidentes signos de inercia mental?
¿Qué sismo tiene que ocurrir para que despertemos de ese aletargamiento que tenemos como sociedad al despreocuparnos de ese prójimo con el cual compartimos el devenir diario?
Cada día, en cada ocasión nos preguntamos: ¿A dónde llegaremos así? En vez de replantearnos nuestros comportamientos individuales y colectivos; en vez de formularnos respuestas que orientan acciones para revertir este proceso de disgregación social que estamos padeciendo.
Hemos llegado a considerar que el voto de confianza que depositamos en nuestros mandatarios es suficiente fuerza de razón para sentirnos desobligados de todo compromiso de participación en la búsqueda de soluciones a los males que lastiman la convivencia.
La realidad nos golpea incesantemente, sufrimos pérdidas irreparables de seres queridos, de valores materiales, de oportunidades; apostamos a aquel futuro que se presente y no a aquel que debemos forjar.
¿Qué precio estamos pagando por la educación?
Vemos impávidos como experimentan con nuestros hijos, sometidos a incesantes cambios que son obligatorios en su momento, luego no lo son; se les otorga tal normativa de facilísimo para la acreditación curricular que en vez en menos tiempo se estudia y se aprueba sin esfuerzo.
Las estadísticas serias y reales, nacionales e internacionales muestran a nuestro país con una decadencia educativa que obliga a una retórica oficial vacua e inconsistente.
Asumimos que somos meros espectadores y prisioneros de una realidad que no tratamos de cambiarla o mejorarla.
Si de estos individuos paupérrimamente educados están los futuros dirigentes y gobernantes de este bendito País; ¿qué clase de gobierno tendremos?; o salvo que ellos sean el producto de esa omnipresente "ingeniería política” que fabrica ciudadanos "capaces” de elegir a futuros políticos que sí están verdaderamente formados y preparados educativamente y culturalmente para ser quienes nos gobiernen con "el voto popular” y al calor de esperanzas ingenuas no volvamos a dormir sin lograr una participación activa.
