¿Cómo entender la violencia inusitada en todos los órdenes y niveles sociales en un país joven, dotado de una naturaleza exquisita y benevolente, fundado en la inspiración de principios y valores morales, religiosos, familiares, institucionales, en el marco que ofrece el conocimiento disponible desde la más humilde bibliotequita instalada en una recóndita y alejada zona del silencio nacional? ¿Es la nuestra, acaso, una tierra prodigiosa que ofrece su pan a quien no tiene dientes? Tremenda paradoja que debe desentrañarse porque cuestiona profunda y severamente a un Estado indolente, que en aspectos fundamentales de la vida, carece de capacidad para resolverse a sí mismo. Estado descriptivo de un argentino llamado "tolerante", falsa expresión indicativa de analistas, políticos e historiadores, cuando en realidad estamos en presencia de un ser permisivo en todos los asientos de su actividad, con una sufriente conciencia porque todo lo ve, todo lo siente y, lo que es peor, todo lo llora, a sabiendas de que en su penumbra visionaria de la intrínseca lógica, que está adormecido en principios y valores. Adormilado en la rebeldía natural de responsabilidad en los actos lastimeros de la vida que no corrige desde su existencia única, malográndose desde la voluntad nacional a la que todos aportamos con la pildorita que obnubila la razón y colma en humo el cerebro.
Existen sobreabundantes programas y leyes en defensa del niño y de la mujer. Sin embargo, nos quedamos sin respuestas en medio del interrogante que nos indica que ni los programas ni las leyes son suficientes para, al menos, morigerar, disminuir los maltratos físicos, psicológicos y otras formas de acoso. Lo concreto es que a la par de la enseñanza y conocimiento de expertos profesionales que todo lo explican ligados a los hechos palpitantes inmediatamente ocurren, aparece la constante de la información real que se ve por la TV y que se retransmite en todas las formas por la prensa al mejor estilo docente, ya que se muestra en vivo el rostro lleno de moretones de una mujer con ojos hinchados con expresión de dolor, y la palabra especializada que explica y da consejos. Luego, las estadísticas, los números y la evidente realidad demuestran que el bienestar no se asegura.
Una característica que ya no es un disfraz recae en el trato familiar que busca manifestarse a través de la indiferencia y del rechazo, y lo que genera ruindad ya no sólo en los hogares, que se cristaliza a través del terrible signo de la violencia. Una apariencia engañadora se escudó en el rol del hombre proveedor de la alimentación. No debemos olvidar que el machismo, de histórica raigambre cultural, proveyó al hombre la equívoca creencia de que tiene inherente el derecho de propiedad sobre esposa e hijos, a quienes por ese concepto desmesurado e irracional del equilibrio y de la autoridad -la gran ausente-, controla, disciplina y abusa de la vida de ellos, descargando de ese modo su frustración o mal humor maltratándoles a su antojo.
Si bien la familia siente y sufre con mayor intensidad este flagelo cuando se desarrolla en su propio seno, nuestra sociedad es receptora y constructora de un modelo que refuerza y se sostiene en el uso de la fuerza para resolver problemas. Ya nadie ignora que determinados programas televisivos se sustentan fundamentalmente en el rating, exaltando y rindiendo culto increíble al maltrato y a la violencia porque dicha promoción genera mayor audiencia. En esa medición el límite compite con el deber ser, y en la hipócrita sociedad "el yo no fui" es como "el yo no soy", y aunque nadie acepta ver estos programas, está comprobado que atrapa a todos los niveles sociales y les ven en familia, tomando parte, incluso, en el desenlace de disputas cuyo fomento desde la locuacidad de expertos conductores supera la más refinada sutileza humana. Es frecuente observar que quienes en la infancia fueron testigos de abusos físicos asuman esas conductas en su adultez por una cuestión simple y natural: los hijos imitan a sus padres.
El niño, "mortadela del sandwich", crece entre el amor resentido del hogar y el medio externo que lo acosa con particulares intereses. Esta porcelana de la vida llamada "niño", se transforma en loza comercial de mezquinos intereses en un mundo externo que lo agobia y absorbe más que su propia familia para moldearle, pero este ser lleva ínsito la violencia que traslada al medio para defenderse de otra violencia que le apabulla desde todos los ángulos. El resultado da "una sociedad con un protagonista más violento" que encuentra espacios ideales para manifestarla. ¿Qué ocurrió? Que desafortunadamente están convencidos que "los conflictos se resuelven con la fuerza bruta". La violencia saltó el cerco de la célula fundamental para convivir descaradamente en la sociedad.
