"No olvidemos que las guerras todo lo destruyen, hasta el propio sentido común, pasa a ser un cementerio de corazones empedrados."

 

El mundo es diverso en todo, empezando porque cada ser es único y cada horizonte singular, pero al fin todo se complementa, por lo que se requiere unidad y armónica atmósfera. Por ello, es fundamental que cesen los conflictos, que la intransigencia deje de envenenar las instituciones, las estructuras sociales y la vida cotidiana en las sociedades. Son colosales las huidas, la falta de consideración hacia lo viviente, el espíritu discriminante de algunos, que comporta verdaderas formas de esclavitud. Los lectores sabrán que hace tiempo, yo mismo, vengo denunciando la gravedad de estos fenómenos que no pueden dejarnos indiferentes. Todos estamos llamados, a través de nuestras respectivas funciones, a cultivar y promover el respeto de la dignidad inherente a toda persona, tanto en los diversos contextos sociales en los que nos movemos, como en la familia. Desde luego, no hay mayor riqueza que activar la quietud entre nosotros. Es el avance humanitario, el gran desarrollo anímico, lo que debe reconquistarse en cada rincón del planeta.

Por la armonía en lo heterogéneo, hasta los pueblos pequeños se hacen grandes en espíritu; mientras que por la contienda todo se destruye, hasta los más pujantes gobiernos. De ahí, la necesidad de trabajar unidos para desmantelar todo este cúmulo de discordias en nuestros entornos. No dejemos ni un día de apoyar los movimientos que luchan por la igualdad y los derechos humanos, tampoco de denunciar los discursos de odio que nos enfrentan, tanto por los caminos virtuales como por las áreas a transitar.

La codicia, la intolerancia, la ambición por el pedestal del poder, son motivos más que suficientes para encender el espíritu bélico; cuando, en realidad, hemos de trabajar por regenerarnos unos a otros en climas de sosiego, bajo temperaturas de concordia, y meteorologías de escucha. No olvidemos que las guerras todo lo destruyen, hasta el propio sentido común, pasa a ser un cementerio de corazones empedrados. 

Lo importante es no dejarse embaucar por el delirio de crecer destruyendo. Ha llegado el momento de decir basta, de disipar tensiones para gestionar la multitud de crisis que nos ahogan por todo el orbe, de transformarnos y mirar hacia adelante, observando que es de sabios reconocer los diferentes errores, sentir tristeza, enmendarse, pedir consuelo y llorar desconsolado. En efecto, mal que nos pese es la hora del llanto, de pararse a tomar aliento, de hacer algo por los demás. Miremos a nuestro alrededor, ¿veamos cómo está lo próximo? Quizás divisiones por todos los lados. Batallas sin cesar, enemistad manifiesta, la naturaleza humana se ha injertado del abecedario más salvaje y del lenguaje más cruel. Volvamos los ojos a esas familias destruidas, totalmente deshumanizadas e inhumanas, a esa gente que no tiene acceso a lo mínimo para vivir dignamente.

Es la conciliación, el acercamiento entre sí, bajo un sociedad libre y democrática (¡no esclava ni corrompida), en la que todos podamos vivir en unión y con iguales posibilidades, lo que nos fraterniza como ciudadanos de bien.

 

Por Víctor Corcoba Herrero
Escritor