Con frecuencia se advierte acerca del peligro de extinción de algunas especies animales o vegetales. Pero también las lenguas están expuestas a esa fatalidad, y las cifras son alarmantes. Al celebrarse este año el Día de la Lengua Materna, para la promoción de la diversidad cultural y el multilingüismo, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), alertó que la mitad de las 6.000 lenguas que existen en el mundo están en peligro de extinción.

Cada 15 días desaparece una lengua, señala. La guerra, la deportación y la estigmatización son algunas de las causas que amenazan la vida de una lengua, pero también hay motivos menos dramáticos, como la mediatización global en las hablas predominantes, la natural mezcla de las lenguas y los fenómenos migratorios. La lengua nos identifica, nos permite comunicarnos y es un extraordinario espacio de creación. Nos constituye como individuos y nos reúne en la comunidad de los que hablan y leen con el mismo registro. Nuestro español, hablado hoy por 400 millones de personas en el mundo, ha sido elemento de circulación y unificación cultural. Aunque hoy aparezca penetrado por el inglés multinacional y cibernético, sigue luchando valerosamente en todas partes, incluso en los Estados Unidos, y no hay nada que anuncie su decadencia o extinción.

La amenaza mayor, sin embargo, no es del exterior, sino de nuestro propio descuido e inacción. A pesar del noble esfuerzo de muchos docentes, la enseñanza del idioma se ha degradado y diluido tanto en las escuelas primaria y secundaria, a favor del lamentable descrédito de los libros de texto y, en general, de la lectura. Lo que se observa es la existencia de auténticas políticas activas para la defensa y la promoción de la lengua. El mejor conocimiento de la lengua implica, en principio, la mejor comprensión de la realidad y facilita la convivencia social. Leer comprensivamente y escribir con sencillez y precisión debería ser patrimonio inexcusable de todos. Por eso lo primero que debe solicitarse al Estado es reforzar la enseñanza del idioma en todos los niveles educativos.

La creciente impopularidad de la cultura escrita puede ser rebatida desde las aulas, para evitar una brecha cada vez mayor entre los pocos lectores privilegiados y los muchos analfabetos funcionales.