¿Existen los profetas de la Misericordia? Llegó a mis manos recientemente un volumen del prof. Sanz Jiménez-Rico, titulado "Profetas de misericordia”. El texto, conformado por cinco cuidados capítulos, gira en torno a personajes centrales del Antiguo Testamento como José, Samuel y Moisés y no tan centrales como el mismo profeta Jonás. Se centra en las unidades literarias claves que los caracterizan: Génesis 37-50; 1 Samuel 1- 12, Éxodo 32-34, respectivamente, y obviamente el libro de Jonás. El último capítulo está dedicado a Lucas 15, cuya inclusión en el libro resulta -me animo a decir- natural y necesario. El gran mensaje de la misericordia divina encuentra en esa sublime página toda su esencia. "Aquí está todo el Evangelio. Aquí está todo el Cristianismo” decía el papa Francisco comentando la rica parábola del hijo pródigo, la de la moneda y oveja perdidas y reencontradas.
"El Señor” del Antiguo Testamento no es un Dios estáticamente misericordioso, sino que sale al encuentro de quien está en condición de angustia y desesperanza. Para ello se sirve de "mediaciones” personales: en José, restablecido en su dignidad, se dice la palabra de salvación y reconciliación a través de su hermano muerto; en Samuel, la experiencia de pecado concluye en fuente de bendición; en Moisés, el varón judío que tenía que ser "echado al agua”, es quien saca del agua al pueblo e intercede ante Dios por él; Jonás atraviesa la experiencia personal del perdón y Dios lo vuelve un profeta fecundo. Qué decir de los pecadores que se acercan a Jesús y reciben a través suyo la salvífica visita del amor del Padre.
Los términos de la S. Escritura que hablan del amor misericordioso de Dios son numerosos. El grupo de voces más usado en la traducción griega de los LXX y en los escritos del Nuevo Testamento, está representado por los términos ágape -agapân- agapêtós. Solo muy raramente encontramos en los LXX el término érôs, desconocido para los autores del NT, probablemente porque este último vocablo frecuentemente indica el amor erótico (Prov 7, 18; 30, 16; Oseas, 2, 5).
La raíz verbal hebrea que está en la raíz del vocabulario del amor es sobre todo ahàb (amar) con el derivado de ahabàh (amor). Pero nsistimos en el sustantivo hésed, que significa amor benévolo, especialmente entre personas ligadas por un pacto sagrado. "Hesed, el célebre e intraducible término hebreo que designa toda la trama múltiple de las relaciones de amor, de fidelidad, de lealtad, de pasión, de ternura que sucede entre dos aliados y, con mayor razón, entre dos enamorados. Teológicamente hablando, esta es la virtud – príncipe de la alianza entre Dios e Israel: un hesed eterno e indestructible por parte de Dios; un hesed continuamente lacerado, humillado y pisoteado por parte del pueblo, apunta el célebre biblista Gianfranco Ravasi.
Si bien es cierto que en el AT no encontramos la expresión "Dios es amor", sin embargo nos muestra la realidad de tal sentencia, dado que revela que a lo largo de la historia, el Señor actúa, crea y perdona por pura bondad y amor al hombre.
Cuando a Jesús le preguntan cuál es el mandamiento más grande, no ha de sorprendernos que responda que es el amor a Dios y al prójimo, resumiendo así la ley del AT. (Cfr. Mc 12, 29-31; Mt 22, 34-40). Estos dos mandamientos aparecen en el Antiguo Testamento por separado, en Deut 6, 5 y Lv 19, 18. Para Jesús forman un todo, en unidad plena. El extiende el concepto de "prójimo” más allá de los miembros del pueblo judío, a todas las personas. No existe amor a Dios sin amar al prójimo.
Las pruebas de que con Jesús ha llegado al mundo la salvación, están, según afirma el Divino Maestro ante los discípulos enviados por Juan Bautista, en la desaparición de las dolencias humanas: "los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, se anuncia a los pobres la Buena Nueva”. Las enfermedades que sana el Señor son numerosas: "Jesús curó a muchos que se encontraban mal de diversas enfermedades y expulsó muchos demonios” (Lc 7, 22; Mc 1, 34). Nada escapa al corazón compasivo del Señor. La mujer con fiebre, el leproso y el paralítico, la mujer con flujo de sangre, el sordo y el tartamudo, el ciego, el epiléptico, encuentran en Jesús el médico capaz de hechos milagrosos (Mc 1, 30 – 31; Mc 1, 40).
Si nosotros vivimos según la ley del "ojo por ojo, diente por diente”, jamás salimos de la espiral del mal. El Maligno es astuto, y nos hace creer que con nuestra justicia humana podemos salvarnos. En realidad, ¡sólo la justicia de Dios nos puede salvar! Y la justicia de Dios se ha revelado en la Cruz: la Cruz es el juicio de Dios sobre todos nosotros y sobre este mundo. ¿Pero cómo nos juzga Dios? ¡Dando la vida por nosotros! He aquí el acto supremo de justicia que ha vencido de una vez para siempre al Príncipe de este mundo; y este acto supremo de justicia es precisamente también el acto supremo de misericordia. Jesús nos llama a todos a seguir este camino: "Sean misericordiosos, como su Padre es misericordioso” (Lc. 6, 36). Cualquier ética que profesemos, tiene que ser "salvada” por el amor.
