
Todos conocemos gente muy buena que se destaca por la forma en que vive y por el modo en encarar las cosas. Sobre ellos, hay algunos además que se diferencian porque hacen su trabajo de una manera eficiente y ejemplar, marcando rumbos para el resto. Entre estos últimos, hay todavía alguna persona que sobresalen más aún por haber tenido una influencia particular sobre nosotros y nuestra vida. Los llamamos líderes o mentores. En este grupo está para mí el Cardenal argentino Eduardo Francisco Pironio a quien este viernes 19/2, el Papa Francisco, declaró venerable, que es el segundo paso de los cuatro para ser declarado Santo.
Ya su nacimiento es extraordinario: su madre, luego de su primer parto, quedó paralizada, pero se curó milagrosamente después que su esposo, por sugerencia de un misionero que casualmente los visitó, untó su cuerpo con aceite del camarín de la Virgen de Luján. Los médicos le afirmaron que un nuevo embarazo sería mortal, pero otra vez, el mismo misionero en otra visita le sugirió que no les hiciera caso y que cumpliera con su responsabilidad de madre y esposa. Pironio es el último hijo después de 21 nacimientos posteriores a ese primer parto. En la Basílica de Luján descansan sus restos. Se ordenó sacerdote y obispo en Luján. Fue secretario y luego presidente del Consejo Episcopal Latinoamericano. Como obispo de Mar del Plata, Paulo VI lo nombra en Roma ministro de la Congregación para los Religiosos. Luego Juan Pablo II lo designa al frente del Pontificio Consejo para los Laicos. No dudo que fue él quien propuso al Papa la creación de las Jornadas Mundiales de la Juventud (JMJ).
Lo conocimos con mi novia (ahora mi esposa) a Pironio siendo muy jóvenes, por el entusiasmo que generaba su palabra y testimonio entre nosotros. Con el tiempo pude conocerlo personalmente con motivo del 1er. Encuentro Nacional de Jóvenes de Córdoba, donde compartí con él el mensaje final a los jóvenes en el estadio Chateau Carreras. Una experiencia imborrable. Esta relación fue más intensa cuando el Papa Juan Pablo II (a propuesta de Pironio) decidió celebrar la 2da JMJ en Argentina en 1987 y me tocó ser uno de los organizadores. Esto generó un frecuente y fluido contacto con el Cardenal. Tuve la oportunidad de verlo varias veces más en ocasión de otras JMJ y algunos encuentros internacionales o cuando viajaba a Buenos Aires. Siempre me impactó en él su sabiduría junto a su espiritualidad y particularmente, su sentido de la amistad. A pesar de quien era, te hacía sentir como su íntimo amigo. Era un hombre profundo que irradiaba santidad y fui testigo en varias ocasiones en las que su palabra revirtió encuentros nacionales y mundiales que hubieran sido tremendamente conflictivos sin su presencia. Tuvo influencia sobre tres generaciones de jóvenes (Juan Pablo II lo llamaba el obispo de los jóvenes). Fue el impulsor de lo que podríamos llamar "teología de la esperanza" y si bien nada de lo que escribió tiene desperdicio, me impacta su Meditación para tiempos difíciles, escrito en los años ’70 pero de absoluta vigencia para los tiempos complejos que vivimos hoy. Es mucho más lo que podría decir del querido Cardenal pero termino compartiendo tres consejos (siempre que hablaba refería tres cuestiones) que nos dio a mi esposa y a mí cuando éramos novios. Nos decía en esa carta: "Amen profundamente a la Iglesia, vivan en la serenidad contemplativa e irradien permanentemente la alegría de la Esperanza pascual".
Esperemos pronto tener un nuevo Santo argentino, profeta de la esperanza, mariano y amante de la juventud.
Por Gustavo Carlos Mangisch
