Yrigoyen, Illia, García, Avelín y un puñado más, tuvieron que abandonar su legítimo gobierno antes de tiempo, pero con menos parné que cuando llegaron al poder, siendo profesionales asalariados. A lo largo de sus gestiones cada uno se esmeró por atender de manera especial el campo de lo social, el mundo de los menos favorecidos. Al tiempo, hubo esfuerzos por apoyar la producción en el país y la provincia, aún con profundas limitaciones financieras.
Hoy, cuando globalmente y de manera insolente aparecen los ‘paraísos fiscales”, por un ‘destape” periodístico de excelencia, es bueno preguntarse cuáles habrán sido en vida los paraísos fiscales de Hipólito Yrigoyen, Arturo Illia, Américo García y Alfredo Avelín. Porque Panamá, Mónaco, Liechstentein, Luxemburgo y varios otros ya existían. Si un paraíso fiscal es un territorio o Estado que aplica un régimen tributario favorable a los ciudadanos y empresas no residentes, es decir a extranjeros, gozando de la exención de impuestos y del secreto bancario, evidentemente ninguno de los cuatro se acercó a estos feudos gorrones del mundo financiero internacional. Lo han testimoniado su familia, sus discípulos, la propia crónica de la historia y sus herencias.
Una de las funciones del periodismo es ayudar a recordar lo olvidado y mostrar, como en estos casos, la validez de una vida sobria y ejemplar. Es decir la de hombres que caminaron con señorío su juventud y adultez, y que llenaron su ancianidad de buenos ejemplos validos en todos los tiempos. Por eso no han necesitado escapar de la grisura que les presentó la vida en algunos momentos, haciendo dinero a cualquier costo. Crecieron de adentro hacia afuera y cada conquista personal no afectó al otro, sino que sirvió para mejorar su entorno ciudadano porque dejaron en sus pensamientos y en sus acciones una virtuosa cosmovisión del mundo, desde la política, la economía y la ética, en contraposición con la cuota de estrechez intelectual y desorden individual que vemos con frecuencia en estos tiempos.
Ahí están los archivos para comprobar que Yrigoyen, Illia, García y Avelín muchas veces se preguntaron qué lugar ocupan el respeto, la autenticidad, el coraje, la humildad, el compromiso social y otros valores imprescindibles del ser humano probo, aún con errores propios del andar, en un mundo de realidades confusas, al tiempo que batallaban por arquetipos enriquecidos con ideas que marcaron caminos de lucha social y de reivindicaciones obreras. Será por eso que nunca vivieron un estado de sueño sin sueños, porque abrazaron objetivos que venían de sus conciencias y que, aplicados en el alto ejercicio de la política, representaban el arma y ministerio más importante de un Estado: servir al pueblo.
Naturalmente, convivieron con los arteros golpes de corrupción que existieron siempre, y los combatieron convencidos del flagelo que representaban para la generalidad. Y si el combate no fue suficiente porque hoy se multiplican los casos, aquellos ejemplos habrán servido para que alguien desde la escena gubernamental o parlamentaria recoja el mensaje. En estos días, cuando se profana con gracia el pudor, cuando jefes de Estado y de gobierno, miembros de monarquías y personajes populares de todo el mundo afloran lujuriosos en una lista de ‘usuarios” de paraísos fiscales, puntualmente por el Panamá Paper (entre ellos Mauricio Macri que dice haberse puesto a disposición de la Justicia), con más fuerza se nos viene a la razón el recuerdo de hombres austeros y de prudente manejo de la cosa pública como estos dos presidentes argentinos y dos gobernadores de San Juan, todos ellos consagrados por la voluntad popular.
Además, la conceptualización de las posiciones políticas hoy no pasa por ideologías, que por lo general buscan definirse por contingencias, ni se miden por ser de izquierda o de derecha. Tampoco Yrigoyen ni Illia, radicales ambos, eran de izquierda ni de derecha. Ni García y Avelín, cuyas agrupaciones nacieron del mismo tronco radical. Pero los cuatro murieron millonarios de experiencia en compromiso con los demás. Y frente a tanta necesidad de ejemplos, aquí habría también que agregar, con justicia, a Alfredo Palacios, Eva Perón y Raúl Alfonsin, entre pocos más. Todos ellos se han ganado un lugar privilegiado en la historia, frente al pavoroso empobrecimiento ético de un puñado de políticos o gobernantes que, probablemente, se hicieron ricos con dinero de todos los ciudadanos y que buscaron ocultarlo en un paraíso fiscal, auténticas máquinas de lavar dinero en la impunidad. Una vez más el periodismo de investigación puso luz donde sólo se quería sombra, gracias al trabajo de 370 periodistas de 70 países.
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