El Ecumenismo es un fruto de la acción de Dios que obra en nuestro tiempo, y en todas las épocas en general. Son las acciones y gestos que buscan la unidad entre todos aquellos millones de seres humanos que creemos en Jesucristo como Salvador y centro de la historia. En Corea del Sur, desde el 20 al 24 de julio del año pasado, ha tenido lugar la Conferencia Metodista Mundial. En ella, los pastores metodistas -una de la iglesias históricas del mundo protestante, nacida en Inglaterra en el siglo XVIII como movimiento de renovación espiritual y misionero- ha adherido a la Declaración conjunta sobre la Doctrina de la Justificación, firmada en 1999 por la Iglesia Católica y la Federación Luterana Mundial.
Con esta declaración se supera -en muy buena medida- uno de los motivos teológicos más fuertes de división que dieron origen al movimiento de la Reforma, promovida como sabemos por el ex monje agustino Martín Lutero en el siglo XVI.
El doctor Ishmael Noko, secretario general de la Federación Luterana Mundial, ha saludado el acuerdo como un éxito, a la vez que desea que otras comunidades cristianas, como la anglicana, la ortodoxa o las diversas iglesias reformadas, puedan llegar a adherir con convicción a esta posición común. El Cardenal católico alemán Walter Kasper, quien hasta hace poco fuera presidente del Pontificio Consejo para la promoción de la unidad de los cristianos, ha afirmado que este gesto es un "don de Dios y uno de los principales éxitos del diálogo ecuménico”. Como se ve, una expresión de júbilo y entusiasmo por el trabajo ecuménico.
Cabe destacar que todo esto es un motivo de alegría para los católicos, que pueden ver algunos importantes frutos de la siembra ecuménica del Concilio Vaticano II y los Papas posteriores. El 9 de diciembre de 2010, el papa Benedicto XVI recibió en Roma a una delegación del Consejo Metodista Mundial, encabezada por su presidente el obispo Sunday Mbang, procedente de un país africano, Nigeria. En esa ocasión el Papa dijo: "En caso de que el Consejo Metodista Mundial exprese su intención de asociarse a la Declaración Conjunta, contribuiría a la reconciliación que deseamos ardientemente y sería un paso significativo hacia la meta de la plena y visible en la fe”. Palabras llenas de entusiasmo por la unidad y la comunión de los bautizados en Cristo Jesús.
¿Qué nos dice en muy breves palabras la Declaración Conjunta católica-luterana de 1999? Que la justificación es obra del Dios trino. El Padre envió a su Hijo al mundo para salvar al hombre pecador. Cristo es justicia nuestra y por ello recibimos al Espíritu Santo que renueva nuestros corazones. La misericordia que recibimos de Dios es pura gracia y nunca mérito nuestro. "Cuando los católicos afirman que el ser humano "coopera", aceptando la acción justificadora de Dios, consideran que esa aceptación personal es en sí un fruto de la gracia y no una acción que dimana de la innata capacidad humana” nos señala el documento en su número 20.
Y luego continúa: "Juntos confesamos (católicos y luteranos) que la gracia de Dios perdona el pecado del ser humano y, a la vez, lo libera del poder avasallador del pecado”. Es esa misma gracia de Dios que hace que el cristiano asuma un "amor activo”, y que su vida transite en caminos de justicia y santidad. Pero siempre la salvación será ante todo, mérito de Cristo, único Salvador.
Para concluir, qué mejor hacerlo citando textualmente la declaración conjunta: "Juntos confesamos que las buenas obras, una vida cristiana de fe, esperanza y amor, surgen después de la justificación y son fruto de ella. Cuando el justificado vive en Cristo y actúa en la gracia que le fue concedida, en términos bíblicos, produce buen fruto” (n 37).
Como se ve, hay un significativo consenso -hoy ampliado a metodistas-, respecto a postulados fundamentales en este tema de la justificación. Quedan muchos puntos que resolver todavía en el trabajo ecuménico, quizá más de orden práctico o en temas de moral. Pero hemos de confiar que con la fuerza del Espíritu Santo, y los continuos diálogos, Dios nos siga conduciendo hacia una unidad visible que es voluntad de Cristo Jesús: "Padre, que todos sean Uno, para que el mundo crea” (Jn 17, 21). Cuando los credos se unen en lo esencial, se hace más eficaz la acción benévola de Dios.
