Preocupa una modalidad frecuente observada en el transporte público de pasajeros, en especial en colectivos ocupados por escolares y trabajadores, a lo largo de la jornada laboral. Se trata de la costumbres, que por omisión, crean perfiles nuevos y manifiestos, como permitir el ascenso a las unidades de personas en notorio estado de ebriedad que molestan al resto del pasaje. No es discriminación señalar este hecho porque hasta el mismo conductor puede sufrir las alteraciones en la conducta de todos los que viajan para cumplir con sus tareas diarias y que se ven perturbados en su tranquilidad.
Se deben tomar medidas enérgicas al respecto para responder de inmediato a las reiteradas denuncias de los usuarios, porque es otra preocupación que se suma a el ya enrarecido clima que se vive dentro de unidades, muchas vetustas, poco higienizadas y también por la propia conducción que no contempla la situación de los ancianos, discapacitados y menores limitados para afrontar la urgencia del chofer en las paradas. El debido respeto y decoro son leyes de la urbanidad desconocidas por los choferes, salvo honrosas excepciones. Si a este panorama tantas veces identificado y pocas resuelto se le agrega el problema de seres alcoholizados de comportamiento desagradable, el viaje puede resultar una verdadera odisea, más en los turnos de la siesta y de la noche. Las distintas líneas de colectivos no pueden permanecer impasibles ante estos hechos, que deben ser difundidos por quienes lo padecen a diario sin a veces atreverse a señalar estos inconvenientes que afectan la imagen de la empresa y la salud de la población. Entender esta premisa de prevención es parte de una responsable convivencia social.
