Década del "60. En el "’tocadiscos” Geloso gira a 33 revoluciones un long play de un nuevo conjunto norteño, Los Fronterizos. Suena a otra cosa. Varias voces coloridas se expresan en lo que se denomina "’arreglos” musicales, algo hasta hora poco conocido en folclore. Lo distintivo es una voz "’finita” que se ha colocado en lo agudo y le otorga a la canción un color extraño, un toque de brillo. Para quien es profano en estas cosas, las voces básicas son la primera, que expresa la melodía; la segunda, su complemento habitual, y la tercera, más grave que ésta. Sin embargo, el aparatito nos entrega un sonido diferente; esa tercera suena allá arriba como un timbre celestial, como una caricia de luna. Eduardo Madeo nos traía un mensaje diferente, un soplo, una estocada, un baño de gracia sobre la melodía, sin desvirtuarla de modo alguno. Nos parece que desde entonces todo fue de otro modo en el folklore. El doble dúo de Los Chalchaleros se mantuvo fiel a sí mismo, jamás cambió, pero todos los demás adoptaron esta postura brillante de Los Fronterizos.
Con la voz dulce y esencial de Eduardo Madeo se va una época, un modo de vestir la música popular. Sin protagonismo, casi, sin desbordes ni exageraciones muchas veces comunes, él sirvió a una causa, la de orientar la música exclusivamente en base a talento y solidaridad artística.
Los cuyanos generalmente nos aferramos al dúo, fraternal expresión de esa patriada de a pocos, pero donde el riesgo de herrar y exponerse es mucho mayor. Pero, claro, ¡es tan diferente la idiosincrasia del hombre de estas tierras y la del norteño! Está bien lo de Madeo. Supo comprenderse y entender a los suyos. Desde entonces, hasta el rock ha adoptado el brillo de la tercera voz aguda, y no hay conjunto de origen norteño que no se exprese de esta forma, aunque no tenga en su seno la dulzura de Madeo. Por eso, en Los Fronterizos fue un hallazgo esa conciliación tan extraña entre el cantar torrentoso del "’Indio” López y el tono acariciante de Eduardo Madeo.
Giran calesitas de Sol del viejo Geloso en un patio regado y humilde de cualquier pueblo del país, para que caballos de azúcar galopeen la canción esencial. Tardecitas enamoradas se enredan en la sortija del viento. ¡Vuele Madeo, que la aventura del canto es pan de libertad!
(*) Abogado, escritor, compositor, intérprete.
