Las ruinas de la ciudad grecorromana de Palmira, declarada patrimonio de la humanidad por la Unesco en 1980, y ocupadas por la milicia del Estado Islámico el 20 de mayo pasado, han sido recuperadas por el ejército sirio tras varios días de combate, según anunció el presidente Bashar al Assad.
La noticia es gratificante por lo que significa Palmira como testimonio ancestral aunque la destrucción de los insurgentes para borrar rastros culturales ha sido cuantiosa por las cargas de dinamita colocadas exprofeso, y también por los bombardeos de las Fuerzas Armadas de los diferentes países que combaten a los grupos beligerantes. La ofensiva del Ejército de Siria, de los últimos días para recuperar Palmira, provocó la muerte de al menos 400 combatientes islamistas y a más de 180 soldados y milicianos aliados.
El edificio más grande de Palmira era el templo de Bel, dedicado a la deidad suprema babilonia, y cuyo techo -ya desaparecido-, estaba originalmente recubierto de oro. La guerrilla islámica lo destruyó en agosto pasado, pero otros lugares emblemáticos como la plaza principal o ‘ágora” y el anfiteatro romano, quedaron casi intactos.
La llamada ‘joya del desierto” es un patrimonio cultural único en Medio Oriente y la Unesco ha lanzado un llamamiento a la humanidad para recuperarla. Todavía no se sabe cuánto costará la reconstrucción y menos el tiempo que tardará, pero si que la campaña que va a emprender la agencia de las Naciones Unidas para la restauración será compleja y cara. Ya se encuentran en el lugar los primeros expertos para hacer los estudios correspondientes para que el mundo concurra con un apoyo que debe ser ineludible.
