‘Me hierve la sangre al observar tanto obstáculo, tantas dificultades que se resolverían rápidamente si existiera un verdadero amor por la Patria’ escribió el doctor y general don Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano González Piri Casero poco antes de su solitaria y mísera muerte. El prócer vale por su elocuencia inmortal, su premonición señera indeleble para refrendar valores por conocimiento y camino para las nuevas generaciones de su Patria. Sin especulaciones aviesas ni recovecos mentales escatológicos, sólo laureles patrios demostrados y expuestos al andar sufrido y aquilatado, por desobedecer incluso al poder ensoberbecido, con fundamento y verdad. Cuando le impusieron recular, avanzó, y cómo. La Patria comenzó así, a caballo y con ideas a pie, con hombres y mujeres sudorosos, con primitivismo y empuje superior para conducir otra experiencia mejor, distinta, convencida y original. Pensando en su altruista dictado y legado de pobreza, los cargos gubernamentales electivos debían de ser ad honorem, y los selectivos remunerados dispuestos por ley, no ser superiores a los de un/a docente titular de nivel primario. Disminuirían, sin duda, los patriotas de ocasión para mostrar los genuinos anónimos idóneos y capaces, dignos y comunes, con identidad y alternancia para dar lugar a otra conducta dispuesta con respeto, orden y sencillez cívica elemental, próceres y pueblo adornados con progresiva elegancia social y verdad popular.
Voces del primer centenario de la Revolución de Mayo celebraban y criticaban un país ‘que crecía de noche, cuando sus gobernantes duermen y así no roban”, no comprendían ‘cómo puede avanzar un país, casi un vergel, tan mal administrado”, y cuando el granero del mundo ‘adolecía las miserias de sus clases sociales interiores+ y el lirismo moderno con ‘el Pegaso de estrellas herrado/ sobre ti vuela en vuelo inspirado,/ oíd mortales el grito sagrado,/ libertad, libertad, libertad+. Las sombras de Jaurés, Clemenceau, Bialet Massé y el gran Rubén hablaron con los Rojas, Gálvez, Lugones, Ingenieros, Justo y Lisandro, para generar una identidad, un incipiente nacionalismo elevador o equivocado pero frontal y, a lo Fierro, ‘dos lagrimones le rodaron por la cara+. Los ínclitos padres de la Patria reposan un sueño inconcluso, cincelado por sus ilustrados sesos con ‘el país es una gran potencia y está condenado a serlo siempre+, concepto certificado y ahora secular.
Las razones abundan para pensar otro universo. Siempre condujeron el carro militares y abogados, autoritarismo y leyes irrespetadas, juntistas, unionistas, liberales y federales, reaccionarios y revolucionarios, directores, triunviros, tiranuelos y dictadores, déspotas y feudalistas, personalismos infalibles y regímenes salvacionistas, unitarios y cristianos.
¡Ah¡ Una vez fue presidente un maestro, y era sanjuanino, y otra fue un médico, depuesto por puro bueno nomás.
La mirada al partido, al contubernio por sobre la nación, al interés népota por sobre el concurso, la apariencia y el dedo por sobre el análisis y el bienestar civil, la tecla sobre la neurona y el absurdo de la minucia superior a la grandeza, la mentira como sistema y la ignorancia expuesta como una virtud. Escribió un visionario de la época que ‘felices son los pueblos cuya historia es aburrida y llana+, fenómeno que a la Patria argentina esquiva y conmueve una y otra vez, pero no con civilización sino con el salvajismo de la trivialidad y la anécdota fútil de políticos malevos y compadres, para concluir en el espanto borgeano y ‘anda una mosca por la carne muerta+, como un homenaje a la penosa realidad superando a la ficción.
Del hombre mediocre a un pueblo absorto, a la imagen nacional del desencanto; de una moral sin dogmas al pensamiento reescrito de la relativa historia generacional; del águila guerrera alta en el cielo a las miserabilidades del cíclico escozor terrenal, y allá en el fondo la esperanza, hética y sucia que, lánguida, estira la mano una y otra vez.
¡Argentinos, a las cosas!, le gritó el filósofo hispano en la cara a la Patria latiente que vive arrebujada con el manto del honor y el trabajo, al espíritu de ojitos niños inocentes y candorosos, a los valientes y probos con músculos y cerebros que valen mil cerebros si los empuña un brazo firme, al hombre argentino con siembra y cosecha de Patria que asoma y decide los pasos fundacionales puros y ciertos, recordando dolores y sufriendo partos que serán alegrías, flores y encantos con discurso y actitud vivificante, abierta y ejemplar, como en un lotecito último de celestial felicidad.
El país de ‘El principito+ sí que era enorme con sólo una rosa y un cordero. Desde allí, Argentina es un minúsculo país.

