Niño de pocos años, estoy en la tribuna oficial del estadio del Parque de Mayo, junto a mi padre. Aunque había pasado varios años desde el terremoto del "44, saltan al alma como pirañas sus cicatrices, las que han bajado del cielo el techo de la tribuna y nos han dejado a los sanjuaninos a la intemperie del tiempo y las desgracias.
Se juega la final del campeonato de fútbol local, entre el poderoso San Martín y el humilde Independiente. Estadio lleno. Mi padre tiembla, no puede dejar quieta sus piernas. Tiembla también el estadio. Entran los equipos. Pachequito es el primero en saltar al campo de juego; menudo, piernitas cortas y flacas, bigotito, cabeza gacha, veloz comanda la fila roja; camisas casi carmines, de las de antes, con botones, diseñan ilusiones en el viento de un San Juan malherido hasta los huesos.
Pachequito tira un centro para que se empinen los duendes y se sientan importantes los grandotes. La pelota cabeceada pega en el travesaño. Minutos después el pequeño wing derecho se interna en el área y entrega el balón al "Pichupa” Navarro, aquel que fuera periodista de DIARIO DE CUYO, quien gira y le pega con el alma, con el viento jugando a favor de sus ansias y su corazón de jilguero. ¡Gol..! Y mi padre que grita como enloquecido.
Por esas cosas del fútbol, San Martín nos empató y luego nos hizo el gol del triunfo. En el camarín vi por primera vez llorar a hombres. El Negro Aguilera estalló en sus manos una copa de agua. Una de mis primeras frustraciones me colocó de frente a los silencios y las lágrimas heroicas; pude ver tras los coloridos vidrios del camarín del costado izquierdo a un muchacho que llora mirando hacia el camarín y hacia adentro de sus nuevas penas, mientras la tarde se le achica en sombras.
Por esas cosas del destino, hace unos días me encuentro con dos hijas de Pachequito, quienes me cuentan que ha muerto hace poco. Sentí una emoción extraña; hacía muchos años que no sabía de él; entonces me pareció que revivía desde aquellas jornadas donde mi niñez se agrietó un poco con ademanes rojos y lagrimones de hombres. No podía creer que aquella figurita legendaria de mis primeros años, que yo colocaba en el pasado lejano me hubiera acompañado durante toda la vida y no lo hubiera sabido.
Pachequito tira el centro y una bandada de rojas camisetas se comporta como pájaros para alcanzar el firmamento de las glorias. Cae el telón de las nostalgias, y el genio que conduce una pelota de fútbol hará de las suyas (gol o frustración), esos imponderable del deporte más bello y pasional del mundo.
(*) Abogado, escritor, compositor, intérprete.
