El plebiscito autoconvocado por los 1.600 habitantes de las islas Malvinas, votado en los últimos días, mostró un pronunciamiento del 99,8 por ciento a favor de seguir siendo ciudadanos británicos, lo cual no puede sorprender. El referéndum se hizo a instancias de Londres como una maniobra dilatoria frente a las exigencias de la Argentina, con consenso internacional, para que el Reino Unido negocie la devolución de la soberanía de los territorios australes usurpados.

La consulta del gobierno isleño para los ciudadanos, que "’son británicos hasta la médula”, según el primer ministro David Cameron, no tiene ningún valor legal porque no tuvo aprobación ni supervisión de las Naciones Unidas. Por el contrario, el Comité Especial de Descolonización de la ONU viene reiterando la apertura de negociaciones para resolver el conflicto entre los estados, a partir de la normativa que rige en el derecho internacional, tal como se instrumenta para superar los problemas de descolonización.

El despropósito del plebiscito lo ha reconocido hasta el propio responsable de la Cancillería británica para asuntos de América latina, Hugo Swire, al admitir en declaraciones a la BBC que la consulta realizada el domingo y lunes últimos en las Malvinas "no cambia nada desde el punto de vista legal”. Y admitió la patraña expresando que solo se buscó "enviar el claro mensaje de que los isleños para permanecer como parte del Territorio de Ultramar”.

Lógico, se trata de generaciones de kelpers -ahora reconocidos por las leyes británicas- que nacieron en las islas y, obviamente quieren seguir siendo británicos, pero el territorio no lo es, y nuestro país no intenta cambiarles la identidad ni su cultura, que están garantizados por la Argentina. Es decir, Los habitantes no son parte de la disputa de la soberanía porque la soberanía se limita al territorio.

También es un absurdo aplicar la autodeterminación de los pueblos porque es un principio del derecho internacional para reconocer los derechos de los habitantes originarios que han sido, o están siendo sometidos, a un poder colonial. Tampoco es el caso de los pobladores de las Islas Malvinas.

En realidad todo se encierra en las chicanas dilatorias de Londres para no entregar las islas, reconociendo la usurpación y cuando ya se le acaban los argumentos para legitimar una posición que ha sido rechazada de plano por la diplomacia y el derecho internacional en el marco de las Naciones Unidas.