
"Julián quiere inventar un futuro que prescinda del presente, un futuro que esté a salvo del presente", dice el escritor chileno Alejandro Zambra en su novela "La vida privada de los árboles". Eso es literatura. Crear imágenes, para luego apagarlas cuando al autor se le ocurra. Ahora bien, ¿puede un gobernante prometer un futuro al cual no le alcanzan los destellos del pasado? ¿Puede esa persona, a la cual le confiamos la responsabilidad de configurarnos un futuro previsible, austero, bien pensado, lógico y, en definitiva, seguro, prometernos realizaciones de todo tipo, heladeras llenas, pobreza cero, inflación cero, explosión de inversiones, esparcimiento, educación, salud, gratuidades, facilidades, sin decirnos cómo? ¿Cómo va a hacer para despegarse de este presente plagado de carencias? ¿Va a cortar el hilo de la historia, como si el presente no nos va a condicionar?
Falsos profetas
Si, señores, es posible que ese ser exista. De hecho, existe. Falsos profetas de un porvenir que saben, y eso es lo más doloroso, que nunca lo van a alcanzar. Tienen una rara habilidad para hilar y deshilar una realidad imaginaria, si se permite la contradicción, que es hija de su hipocresía y que por lo tanto, más tarde o más temprano, pueden destruir o reemplazar por otra igual de fantasiosa. Pero cuentan con un cómplice involuntario. Sus propios gobernados, que en su mayoría parecen anestesiados por el vil calmante de la ignorancia, la falta de instrucción, sin valores claros que defender. Ésa es la tierra infértil, preparada con esmero, donde caerán esas falsas semillas que por supuesto no darán frutos, sino que serán comidas por la mala hierba esparcida en su alrededor.
El cuento de Gabriel García Márquez
"Muerte constante más allá del amor", de Gabriel García Márquez, narra sobre el "senador de la república Onésimo Sánchez". Extraigo algunos párrafos, que revela impecablemente el método del "pan y circo" que suelen utilizar algunos políticos para seducir a sus votantes. El susodicho senador, llega a un pueblito cualquiera a realizar el que sería su último acto de campaña. Cuenta que "por la mañana habían llegado los camiones de la farándula. Después los camiones con los indios de alquiler, que llevaban por los pueblos a completar las multitudes en los actos públicos. A eso de las tres de la tarde llegó al acto y comenzó su alocución. Ya no seremos más los expósitos de la patria, dijo, ni los huérfanos de Dios. Seremos otros, señoras y señores. Seremos grandes y felices. Eran las fórmulas de su circo. Mientras hablaba, sus ayudantes echaban a volar al aire pajaritos de papel y los falsos animales cobraban vida y se iban sobre el mar. Al mismo tiempo, otros sacaban de los furgones árboles de teatro y los sembraban a espaldas de la multitud, sobre el suelo de salitre. Por último armaron una fachada de cartón, con casas fingidas de ladrillos rojos y taparon con ellas los ranchos miserables de la vida real. Cuando vio que su mundo de ficción estaba terminado, lo señalo con el dedo y gritó: Así seremos señoras y señores. Miren. Así seremos. El público se volvió y un trasatlántico de papel pintado pasaba por detrás de las casas. Cuando oyó los aplausos finales estiró la cabeza. Y por encima de las estacas del cercado, vio el revés de la farsa. Los armazones de los árboles y de los edificios, y los ilusionistas escondidos que empujaban el trasatlántico. Entonces escupió su rencor. Después del discurso, como de costumbre, el senador hizo una caminata por el pueblo, escuchando las penurias de los pobladores y siempre encontraba la forma de satisfacerlos a todos. Luego se reunió con los principales del pueblo, para contarles la verdad que ocultaba en su discurso. Nosotros no comemos pajaritos de papel -les dijo- ustedes y yo sabemos que el día que haya árboles y flores de verdad en este cagadero de chivos, el día en que haya sábalos en vez de gusarapos en los pozos, ese día ustedes ni yo tendremos nada que hacer aquí. ¿Entendieron?".
Pasarán muchos años, tal vez, para que la tierra infértil y la mala hierba, dejen de ahogar la semilla que inocentemente desparraman los esforzados habitantes de cualquier pueblo de provincia. Habrá que dar vuelta esa tierra, volverla fecunda con la pala sabia y firme de la educación, de la ética y del espíritu republicano. Pilares de la nación que queremos ser. Algún día, la semilla germinará y será un frondoso árbol a cuya sombra crecerán las futuras generaciones. Los demagogos, serán solo un mal recuerdo que los pueblos habrán de tener siempre presente para no repetir la historia.
Por Orlando Navarro
Periodista
