En los últimos 30 días, el presidente estadounidense hizo méritos suficientes por el cuestionado Premio Nobel de la Paz que ganó el año pasado. El 8 de abril firmó con Rusia el pacto de reducción de armas nucleares más importante de los últimos 20 años que prorroga al tratado Start I; después convocó a 47 países a Washington, comprometiéndolos a reducir su capacidad nuclear, cerrar reactores y resguardar el uranio enriquecido de manos terroristas.
Aunque el tema no tiene la repercusión mediática como el cambio climático o la recesión económica, la preocupación es mayúscula. Al contrario de lo que sucedía durante la Guerra Fría cuando EEUU y la URSS desconfiaban sobre quien oprimiría primero el botón rojo, ahora son los poderosos grupos extremistas, ayudados por el crimen organizado y el narcotráfico, los que podrían acceder fácilmente a las bombas atómicas.
En un mundo tan interconectado, las consecuencias son inimaginables, no solo si se atentara contra poblaciones, sino contra sistemas estratégicos, como electricidad, seguridad, petróleo o reactores comerciales. Los accidentes nucleares de Three Mile Island, en Pensilvania en 1979, y Chernobyl, en Ucrania en 1986, recuerdan esa fragilidad mundial.
La voluntad de Obama para alcanzar un mundo más seguro, también es interna. En la apertura de la Conferencia de Revisión del Tratado de No Proliferación Nuclear que la ONU celebra hasta el 28 de mayo, reveló, a contrapelo de críticos internos, que EEUU reducirá su arsenal nuclear a solo 1500 armas atómicas, poderío que ya había reducido en un 84% el año pasado, de las 31.225 ojivas nucleares que poseía en 1967.
Esta desusada transparencia le dio a Obama legitimidad y liderazgo para plantear exigencias a nivel global. Estimular el desarme, obligar a quienes no firmaron todavía pacto alguno, como Israel, a que transparenten su arsenal y arremeter contra Corea del Norte e Irán, para que abandonen sus planes nucleares so pena de castigo internacional. Su mensaje directo sobre el posible uso de fuerza militar disuasiva contra los países díscolos, fueron la "última advertencia" para el desafiante presidente iraní Mahmud Ahmadinejad, quien, alegando "energía nuclear para todos y armas nucleares para nadie", afirmó ante la ONU que no detendrá su plan nuclear ni permitirá inspecciones foráneas. Ahmadinejad, como su íntimo amigo, Hugo Chávez, acusa al Organismo Internacional de Energía Atómica de estar manipulado por EEUU y reclama la creación de un nuevo ente mundial, del que esperaría que respete su secretismo e intenciones de borrar a Israel de la faz de la tierra.
En cambio en Latinoamérica, respetuosa del tratado de Tlatelolco de 1967 que proscribe las armas nucleares, Obama no encontró escollos. Entre los países con capacidad nuclear, la argentina Cristina Kirchner brindó garantías para recibir comisiones verificadoras, el chileno Sebastián Piñera ya comenzó a enviar plutonio a EEUU por razones de mayor seguridad y Felipe Calderón aceptó la cooperación de EEUU y Canadá para reducir el enriquecimiento del uranio mexicano, para que no pueda ser utilizado en bombas atómicas.
Lo único que le resta a Obama es convencer a Luiz Inácio da Silva para terminar de cercar a Irán. El brasileño todavía ve como ineficiente un bloqueo económico contra ese país, a pesar de que brega por la eliminación "total e irreversible" de armas nucleares para que los terroristas no las adquieran.
