Aunque parezca absurdo, en medio de una Argentina declinante, aspiramos y queremos para nuestros hijos lo mejor. No igual a lo nuestro sino absolutamente mejor. Los recursos potenciales de nuestro país hacen viable ese destino trascendente. Sin embargo, el anhelo lógico y natural de todo hombre y mujer unidos en el proyecto común que se aferra amorosamente a la conformación de una familia, se hace trizas estrepitosamente por que en su terruño grande, en esa patria amada que fue regada con sangre de próceres y mártires, hoy está carente del poder convocante, que lo ostenta aquél que tiene la autoridad suficiente y necesaria para llamar a la unión de todos los argentinos. Dicho de esta manera puede parecer simple o carecer de importancia, pero encierra un hecho extremadamente grave para una nación y su comunidad cuando esa facultad se ausenta a partir del mando natural e institucional. El otrora paraíso del Plata se ha tornado triste. Bajo un cielo que empalidece su luz, se ha teñido demasiado gris el rostro doliente de nuestra caída sociedad. Esta actitud errónea de vivir el tiempo, valora su dimensión cuando los progenitores de la célula madre advierten la distancia abismal entre la pretendida unión de la familia y la carencia de paz y unidad en un país cuyo signo notable de la dicotomía, crea siempre la figura indeleble de la disociación de la dirigencia que en todos sus niveles ha creado, con el enfrentamiento constante, un estilo habitué en el ámbito de decisión del Estado, con características propias que trasuntan a esa Argentina ambivalente, casi despiadada.
Por ese "sinuoso chacoteo cívico" alentado en las cumbres borrascosas de esta contemporaneidad, los argentinos pagamos el alto tributo de la inacción y debemos resignarnos a soportar la crítica y mofa -no queda más remedio-, de tantos transeúntes del planeta que observan asombrados cómo, un mal intrínseco argentino, enquistado en cada rincón del Estado, nos haya quitado y robado tanta esencia en la propia casa, incluso. Por ello, en esa consecuencia fatalista, a nadie debe extrañar que la preocupación de los carpinteros del hogar descanse inerte en el acierto de un viejo apotegma: "Nadie se realiza en una comunidad que no se realiza".
Ha llegado el momento de analizar con una perspectiva diferente y sin falsos esquemas, el desenvolvimiento del modelo liberal que ha regido a la república y cuyo soporte filosófico se inspiró en la obra de Alberdi "Las Bases", a lo largo de más de 150 años de vida nacional.
Se puede estar de acuerdo o no, pero lo que no puede negarse es que bajo el amparo de esa filosofía ha crecido y desarrollado la familia argentina en sus distintas formas y actividades. Con las virtudes y errores de todo modelo, el país tuvo momentos de esplendor y fue próspero en torno a su cobija. La Carta Magna fue el buen amparo, idóneo, de los hombres que iniciaron la nacionalidad y de quienes peregrinaron la patria hasta el hoy decadente. No son la Constitución Argentina ni el modelo los causantes de la moderna descomposición ética y moral de nuestra sociedad. En la perennidad de las cosas que crea y construye el hombre, aun la ley y los estilos de vida suelen acortarse en su realización y eficacia por obra de ese mismo hombre que toma distancia de las alturas para orillar la senda del infortunio. Si hay que dirigir un dedo acusador se podría decir que los pueblos suelen pecar por inacción o por dejar hacer.
Pero la condena que pesa en la historia es aquella que cae sobre los líderes y conductores que equivocaron el destino trascendente de los pueblos, sabedores de que mancillando su dignidad, le arrebataban la realización del bien común que es deber moral procurarlo desde el acto gobernante.
El modelo de un país no nace al antojo de un mandamás sino que es el resultado del concurso organizado de todos, ya que concurren, comunitariamente, a producir el consenso. Para esta epopeya es menester reunir el pensamiento argentino en un Proyecto Nacional, con el fin de concebir el país que se quiere, imaginando la viabilidad y factibilidad porque se debe garantizar su realización desde el gobierno y el poder. Posiblemente ésta sea la mejor manera de reencontrarnos con nuestra identidad para afianzar la cultura. Necesitamos una Argentina viable donde todos y cada uno de nosotros tenga la firme convicción de que podemos reconstruirnos en ella. Nos preocupa que todo argentino con vocación de patria sienta ganas de llorar por todo lo que podríamos ser y no somos, pero nuestros vicios y defectos surgen de las mismas posibilidades de grandeza y realización.
