A la ola desatada de violencia en los últimos tiempos debe responder la sociedad argentina con un nuevo compromiso social, que no es simplemente un contrato como dicta la historia, sino que significa asumir la responsabilidad de la hora más urgente, donde la palabra sea acción y ese conjunto de actividades lleve a pacificar y crear conciencia en los ciudadanos, ya que en un país con inmensas posibilidades no debieran existir enfrentamientos inútiles. La palabra compromiso implica una promesa conjunta que una a los argentinos no en la confraternidad utópica sino en una alternativa fértil que implique un renovado proyecto de vida. Este compromiso vital es un convenio de partes, lo que lleva implícito un acuerdo, quizás la llave y el puente más difícil del proceso de comunicación humana para el logro de los objetivos.

Pero sin duda alguna no debe estar basado en el odio, en planes estratégicos para provocar disensos y rebeliones que nos dividen aún más. No es un empeño vano, adversarial por el contrario debe trascender las fronteras ideológicas y volver a repensar el país para afianzarlo y crear otros horizontes de progreso y bienestar con los recursos humanos y los elementos de los cuales se disponga. Es verdad que la iniciativa no puede aislarse del contexto que presenta una marcada inseguridad y una incertidumbre que parcializa las opiniones y crea rupturas en una sociedad que permanece insomne y alerta en vez de laboriosa y unida. Cierta pasividad de los que comparten los esquemas de dominación en todos los sectores oficiales o privados no es buena tampoco los escasos niveles de autocrítica. Sin embargo, si cada argentino desde el lugar que le toca actuar se mantiene expectante y productivo a pesar de las diferencias y asume su identidad de ciudadano con esperanza y fe en si mismo y en su tarea, se repartirían las posibilidades de triunfar frente a la adversidad pacíficamente, porque los hechos constructivos, los que elevan a los grandes pueblos de las enormes tragedias así lo atestiguan históricamente.

La violencia engendra mayor violencia, pero el germen de la paz en cambio fructifica en la prudente observación de un mundo cambiante que le sugeriría indudablemente al hombre mejores perspectivas.

Con esa visión esperanzadora el pueblo debe acompañar a los gobernantes no desde la comodidad de los brazos caídos ni de los paros interminables sino de la actividad convergente para lograr una argentina de pie y productiva sostenida por sus propios habitantes de un suelo que los contiene aún en las diversidades.