
Como un árbol a punto de caer, estaba la jovencita con un nene de muy escasa edad tomado de su mano. Cuando salí me pidió que la ayudáramos con alguna ropa. Con su semblante de pura inocencia, el nene agregó: "…y unas galletitas". El alma suele partirse en pedazos de profunda congoja cuando algunos gestos la tocan en vilo. Es lo que sentí cuando la criatura agradeció mi regalito con una transparente cascada en sonrisa.
Esto es parte vertebral de nuestro país, otro año que se va y nos encuentra casi con los mismos dramas.
Los índices de pobreza e indigencia que nos distinguen dramáticamente ante el mundo se han convertido en un dato habitual y particularmente castigan a los denominados países del tercer mundo y a su población más humilde, aunque los datos nuestros son los peores.
Cuando recordamos que a principios del siglo XX éramos el séptimo país del planeta en importancia económica, la desazón que nos invade es muy grande. Desde entonces, la caída ha sido alarmante, siendo uno de los países con mayores posibilidades de desarrollo de la tierra. ¿Qué nos ocurrió? ¿Qué respuesta nos deben quienes mayoritariamente condujeron desde entonces los destinos del país?
Corresponde analizar con seriedad por qué estamos postrados ante un presente demoledor, y no seguir rogando, en una agobiada mesa de Año Nuevo, que el año que viene sea mejor. Todo debe determinarnos a que lo sea. No es mi intención permitirme algún consejo, pero sí sugerir que los diseños populistas, aquellas políticas basadas en el pensamiento casi providencial de un caudillo, única palabra que se escucha, y que priorizan la concesión de beneficios sociales circunstanciales que pueden servir como instrumentos electorales y construcción de poder, no han logrado soluciones de fondo ni muchísimo menos; todo sigue igual, con el agravante de que con el transcurso de los años la frustración se acumula como basura bajo la alfombra, como grietas irremediables en las paredes y se adueña de nuestra esperanza, domesticándonos para el conformismo.
Vale afirmar que los populismos no han derrotado la pobreza en ningún lugar del mundo, la rodean como una siniestra ronda de aduladores de la mentira que en rigor sólo piensan en mantener el poder. Argentina se encuentra hoy en uno de los primeros lugares del mundo en el vergonzante ranking de los países con mayor pobreza. El dato es demoledor y lapidario. Los países que prácticamente la han erradicado nada tienen que ver con los engaños populistas, tales los liberalismos progresistas, las democracias sociales y los social cristianismos: Noruega, Países Bajos, Suecia, Finlandia, Luxemburgo, Canadá, Australia, Suiza, entre otros.
Si bien no todos los ciudadanos gobiernan, el desafío por conseguir la mayor equidad social es deber de todos y urge.
Festejemos el año que se avecina, pero a la vez no ignoremos que un niño vestido pobremente y con zapatillitas destrozadas está parado en la puerta, aferrado fuertemente a la mano de su madre y sólo nos pide galletitas.
Por el Dr. Raúl de la Torre
Abogado, escritor, compositor, intérprete.
