La luz crepuscular que pareciera sobrevenir a Occidente, en este preciso momento de crisis económica-financiera, es un contexto apropiado que favorece una lectura serena, desde la luz del Evangelio, del papa Benedicto XVI. Por eso él mismo, en un reciente discurso, ha mencionado que pronto dará a conocer su primera encíclica social, que tomará como punto de partida la actual crisis mundial. Queremos cuanto antes que se alejen las nubes y vuelva el día soleado.

Libre de toda ideología reduccionista, el Papa ha elaborado un pensamiento para salir de la crisis. Como lo hiciera en su momento un grande de la historia, Karol Wojtyla, también J. Ratzinger "siente" con corazón humano y sabe que todo lo auténticamente humano tiene eco en su corazón de cristiano (Gaudium et Spes nº 1). No esperemos recetas económicas específicas, ni adoctrinamiento a favor de un liberalismo capitalista ni un estatismo absoluto, por lo demás, pasados de moda y gastados. No sin razón los Obispos argentinos, en el brillante documento de noviembre de 2008 "Hacia un bicentenario en justicia y solidaridad (2010-2016)" nos dicen que en Argentina hay mucha capacidad de proyectar, como prioridad nacional, la erradicación de la pobreza y el desarrollo integral de todos. "La gran deuda de los argentino es la deuda social"

¿Podríamos acordar que esta deuda social no admite postergación y que ha de ser prioridad nacional? Lógico es pensar que no se trata solo de un problema estadístico o económico, sino un problema moral, que nos reclama la decisión de compromiso ciudadano. Solo habrá logros estables por el camino del diálogo y del consenso a favor del bien común, si tenemos realmente en cuenta a los más pobres e indefensos, los excluidos del sistema social.

Volviendo a nuestro tema específico. La actual situación mundial, signada por el desempleo en masa, la carestía, la suba de precios, la migración forzada, no puede no recibir una luz de quien recientemente escribió: "En la Esperanza somos salvados". Una encíclica ésta que nos invita a confiar en Dios, como mendigos del cielo, en su Providencia a manos llenas, y a la vez recuerda el cometido del cristiano de ser portador de esa esperanza que anima lo cotidiano. La situación crítica que atravesamos necesita de una lectura de la historia, capaz de superar cualquier mirada que se queda en la corteza de las cosas y que no mira a lo lejos.

Por eso el mismo Papa ha dicho que su próxima encíclica tendrá como dos niveles de reflexión: uno que mira a lo global, a lo macroeconómico diríamos. Aquí estarán las coordenadas que ayudan a entender lo que nos pasa nivel mundial. El otro nivel mira a una dimensión que es ineludible y que no siempre queremos escuchar: lo personal. Es cada uno el que ha de ser justo y equitativo. El pecado de egoísmo y de avaricia -como el pecado original- se asientan en el terreno de lo personal, nos recuerda el Obispo de Roma.

Recuperar el respeto por la familia y la vida humana, alentar el paso de "habitantes" a "ciudadanos" (éste último no se sirve del Estado, sirve a la comunidad), fortalecer las instituciones republicanas, mejorar el sistema político y la calidad de la democracia, afianzar la educación y el trabajo como claves del desarrollo y de la justa distribución de los bienes, son metas e ideales realizables siempre y cuando todo no se quede en papeles y pase a la realidad. Y ésta empieza por cada de nuestros corazones.

La nueva encíclica -en últimos ajustes- nos traerá luces, y también esperanzas. Las necesitamos.