Como bioquímico legista me preocupa un fenómeno que aumenta cada día y que trae consecuencias terribles: el excesivo consumo de bebidas alcohólicas. Cada vez son más los adolescentes que consumen alcohol en exceso en fiestas o reuniones sociales, porque no conciben las salidas nocturnas y el pasarlo bien y divertirse sin esta práctica que se convierte en absolutamente necesaria. Chicos y chicas comienzan a tomar alcohol desde muy jóvenes y tienen sus primeras borracheras a los 11 o 12 años, porque piensan que para divertirse es indispensable beber alcohol.
Hay que tener en cuenta que el alcohol es una droga. Al ser socialmente tan popular la gente menosprecia los peligrosos efectos del abuso de alcohol en el organismo. Debido a su total y rápida absorción estomacal, el alcohol ingerido es incorporado al torrente sanguíneo y llega a cada célula del cuerpo. Ciertamente, el alcohol daña varios órganos, especialmente el hígado, pues lo llena de grasa y produce cirrosis hepática.
También es una droga depresiva. Deprime las funciones cerebrales, comenzando por la autocrítica y el autocontrol, con lo cual, cuando comienza a ingerir alcohol, el individuo se desinhibe, se siente ‘bien”, alegre, eufórico, de manera que hace y dice cosas que no las haría si estuviese sobrio. Estos son los síntomas del estado inicial de intoxicación alcohólica buscados por los adolescentes: euforia, desinhibición, pérdida del sentido de la responsabilidad y de la prudencia (fase alegre del ‘mono”).
Si se sigue tomando, se deprimen centros nerviosos de la ideación y de la coordinación motriz, sobrevienen mareos, pérdida de los reflejos y de la capacidad de razonar adecuadamente y se pasa a la fase del ‘león”, donde la agresividad y la violencia domina al individuo provocando un sinfín de peleas y disturbios, cuando no heridos graves y muertos.
Está demostrada fehacientemente la influencia del alcohol en la delincuencia. Al inhibir en la corteza cerebral la capacidad del razonamiento que rige nuestros actos, esta droga libera los núcleos subencefálicos y el instinto sobrepasa a la prudencia, generándose la agresividad descontrolada. Las borracheras son causa muchas veces de un aumento de la sensualidad provocando de manera descontrolada encuentros sexuales.
Por último, en una tercera fase de la intoxicación, llamada del ‘cerdo”, el ebrio se encuentra en un estado lamentable, presentando depresión del sistema nervioso con sueño, vómitos e inconsciencia, pudiendo deprimirse las zonas vegetativas de la respiración y la circulación sanguínea, sobreviniendo el coma y la muerte.
Es también significativa la relación del alcohol con los accidentes de tránsito, sobre todo en fines de semana y en horas nocturnas, lo que lo hace una de las principales causas de muerte de los jóvenes.
