Catorce años tenías y ya empuñabas la enorme pala para cargar carbón en la locomotora que llegaba, creo, hasta Cañada Honda. Menudito, mirada dulce, manos fuertes que hacían crujir hasta la risa cuando apretabas con firmeza.
Ya estás sentadito en el asiento de atrás de nuestra moto ISO, y arrancamos para la Feria. Yo, con escasos 14 y tú con una edad que luego comprobamos era mayor que la que declarabas. Esas coqueterías respetables. Cada uno con su bolsa de arpillera para cargar la verdura. Jamás he sufrido tanto, arrastrando por los puestos del Mercado de Abasto esa mole repleta, para vos una pequeñez.
Me voy a quedar unos días en tu casa, ésa que edificaste con tus propias manos, sin ser albañil, en la calle Santa Fe, cuando el terremoto la puso en sombras una aciaga tarde de enero. Esa casita de ventanas pequeñas, comedor al medio y un solar donde cacareaban gallinas leghorn y el horno de barro se fumaba el viento. Te recuerdo, abuelo José, con tu gorrita marrón en la puerta regando un árbol que no crecía, o charlando con tu amigo Acosta, o comentando tu fidelidad Bloquista en días cuando San Juan ardía por cualquier motivo valedero. Te veo rebanar el pan y colocarle pacientemente queso roquefort, manjar con el que nos esperabas cuando te visitábamos, al regreso de la escuela. Veo tu piecita de herramientas, donde edificaste amores en la morsa y el martillo, donde todo era posible en tus manos de foguista. Y tus saltos a una cuerda de un metro de alto, cuando tenías no menos de 60 años. Y tu cariño, ese bálsamo de anochecidas calandrias que trocaba en dulzor todo lo que tocaba.
Con los años, fui comprendiendo de qué está hecho el amor de un padre o un abuelo. Vida de lustre y acero la tuya. Vida de amor a cántaros.
Pero todo llega, todo nos asalta alguna vez. Y llegó el duro final. El roble del que estabas hecho se quebró por nada, esa noche en que el médico diagnosticó una simple bronquitis. Él no sabía que el almita se te había mellado irremediablemente desde la partida de tu compañera, y que cualquier pretexto, cualquier espinita te haría de espuma. La melancolía es un camino. La ausencia otro. Tu soledad, irremediable otro.
No quise verte sin el alma en pulso. Yo sabía perfectamente que en las nieblas de los últimos instantes, se me caería el hombre de hierro, el abuelo padre, el duende de la calle Santa Fe; que rodaría de mis manos hasta el nunca una pesada bolsa de arpillera que conservaba en el pecho para los tiempos, desde aquellas mañanas de invierno cuando volvíamos de la Feria en la motoneta donde el viento y los sueños se subieron para siempre a no morir.
