Jesús habló otra vez en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo: "El Reino de los cielos se parece a un rey que celebraba las bodas de su hijo. Envió entonces a sus servidores para avisar a los invitados, pero estos se negaron a ir. De nuevo envió a otros servidores con el encargo de decir a los invitados: "Mi banquete está preparado; ya han sido matados mis terneros y mis mejores animales, y todo está a punto: Vengan a las bodas”. Pero ellos no tuvieron en cuenta la invitación, y se fueron, uno a su campo, otro a su negocio; y los demás se apoderaron de los servidores, los maltrataron y los mataron. Al enterarse, el rey se indignó y envió a sus tropas para que acabaran con aquellos homicidas e incendiaran su ciudad. Luego dijo a sus servidores: "El banquete nupcial está preparado, pero los invitados no eran dignos de él. Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren”. Los servidores salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, buenos y malos, y la sala nupcial se llenó de convidados. Cuando el rey entró para ver a los comensales, encontró a un hombre que no tenía el traje de fiesta. "Amigo, le dijo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta? El otro permaneció en silencio. Entonces el rey dijo a los guardias: "Atenlo de pies y manos, y arrójenlo afuera, a las tinieblas. Allí habrá llanto y rechinar de dientes”. Porque muchos son llamados, pero pocos son elegidos” (Mt 22, 1-12).
Tres imágenes resumen la parábola de este domingo: la sala de fiestas, los caminos, y el traje nupcial. En primer lugar, la sala de fiestas que estaba vacía y triste, como una fotografía que expresa el fracaso del rey: ninguno acepta su regalo y nadie participa de su gozo. ¿Por qué los invitados no responden a su invitación? Todos hemos experimentado que para hacer fiesta verdadera con los otros, es necesario un anticipo de felicidad por dentro; es decir, se necesita estar contentos, no resentidos ni amargados. He aquí, porqué los primeros invitados no responden y porqué no son felices: han perdido la alegría del corazón, detrás de las cosas y de los negocios. En segundo lugar: los caminos. Nuestro Dios vive para crear alegría compartida. Por eso dice a los siervos: "Salgan a los caminos e inviten a las bodas”. La invitación puede parecer casual, pero quiere expresar la precisa voluntad de que nadie quede excluido. ¡Qué bella imagen de Dios! Cuando es rechazado, antes que venirse abajo como nos sucede con frecuencia a nosotros, padeciendo baja autoestima o cayendo en la depresión, eleva las expectativas y continúa esperando: llama a todos! Abre la puerta, alarga la lista de invitados, va más lejos aún, y de muchos invitados pasa a invitar a todos: malos y buenos, ninguno es rechazado. Nosotros no somos llamados porque somos buenos o lo merezcamos, sino porque llegamos a ser buenos, dejándonos encontrar y encantar por una propuesta de vida bella y feliz que proviene de Dios. En tercer lugar: el vestido de fiestas que un comensal no lleva puesto y es arrojado afuera. Para entender el significado de la vestimenta nupcial nos ayudarán a reflexionar, unas palabras que se nos dijeron el día en que fuimos bautizados: "Eres ya una nueva criatura y has sido revestida de Cristo. Que esta vestidura blanca, sea signo de tu dignidad, y con la ayuda de la palabra y el ejemplo de tus familiares logres mantenerla inmaculada hasta la Vida eterna”. Nuestra vestidura es Cristo; es imitar sus gestos, cumplir sus palabras, tener su mirada, emplear nuestras manos como él las usó: para bendecir, acariciar, levantar y expresar solidaridad. Nosotros pensamos e imaginamos a Dios como un rey que nos llama a servirlo, y sin embargo, es él quien se pone a servirnos. Lo tenemos como el Dios que amenaza, y en cambio es el Dios que tiene alegría en su corazón y desea compartirla y repartirla. Lo imaginamos lejano y separado de nosotros, y sin embargo se encuentra en la sala de la vida, en el salón del mundo creado, como una promesa de felicidad y un rayo de luz que se posa en el corazón de quien lo acoge sin complejos. También en este domingo se nos invita a contemplar a un Dios que hace fiesta porque quiere la alegría de la humanidad. Claro que se trata de una celebración distinta a la nuestra. Hoy hemos convertido "la fiesta” en un paréntesis servil, útil, para acumular fuerzas y seguir trabajando. Hemos subordinado los valores de la familia, de la amistad y de la patria a la eficiencia y el confort. Sin "fiesta”, la vida es pura semana de trabajo, que, ineluctablemente, termina en las lóbregas pseudofiestas de nuestro mundo, en donde apagado los ruidos y las luces artificiales, sólo quedan tinieblas, llanto, y rechinar de dientes.
