"El Reino de Dios es como un hombre que echa el grano en la tierra; duerma o se levante, de noche o de día, el grano brota y crece, sin que él sepa cómo. La tierra da el fruto por sí misma; primero hierba, luego espiga, después trigo abundante en la espiga. Y cuando el fruto lo admite, en seguida se le mete la hoz, porque ha llegado la siega."Decía también: "¿Con qué compararemos el Reino de Dios o con qué parábola lo expondremos? Es como un grano de mostaza que, cuando se siembra en la tierra, es más pequeña que cualquier semilla que se siembra en la tierra; pero una vez sembrada, crece y se hace mayor que todas las hortalizas y echa ramas tan grandes que las aves del cielo anidan a su sombra.” (Mc 4,26-34).

La Palabra de Dios de hoy nos invita a meditar sobre el valor de dos virtudes que en esta sociedad competitiva y eficientista tienen mala prensa: la paciencia y la humildad. La primera lectura de hoy tiene un marco histórico impresionante. Debemos considerarla brevemente para desentrañar la fe escondida en las palabras del profeta. Ezequiel (cuyo nombre significa: "dios es mi fortaleza”), desarrolla su actividad de profeta desde el 593 al 571 a.C: un período dramático para el reino de Judá y para la dinastía davídica custodia de las promesas mesiánicas. 

En el 609 el faraón egipcio Necao pone en el trono de Judá al joven Ioaqim: en el entretiempo otro imperio está naciendo: el imperio babilonense. Ioaqim se opone a las miras de Babilonia e inicia la guerra. Jerusalén es asediada y el rey muere durante el asedio. Le sucede el hijo Ioaqim, pero luego de tres meses, la ciudad fue conquistada y el rey hecho prisionero. Nabucodonosor pone en el trono a Sedecías. Nos encontramos en el 597. Pero Sedecías es un hombre débil. Nabucodonosor regresa a Judea, destruye a Jerusalén, asesina a todos los hijos del rey, y luego lo deja ciego al rey y lo lleva prisionero a Babilonia. 

Parecía el fin de todo, como sucede con frecuencia en la historia de los hombres. Ezequiel vive en estos años oscuros y canta la esperanza, apoyándose en la fe inquebrantable en Dios. Ezequiel está convencido que ninguna maldad humana puede detener el proyecto de Dios. Él dice: "No se preocupen. A Dios le basta un brote para hacer nacer un árbol más grande que aquel que se cayó. Los potentes de hoy terminarán y el humilde brote dará los frutos que Dios ha prometido”.

Las palabras de Ezequiel han sido puntualmente verdaderas. 

¿Dónde están los faraones de Egipto? ¿De ellos tenemos sólo sus tumbas? ¿Dónde están los poderosos de Babilonia? Quedan sólo sus escombros. El retoño de Israel ha dado su fruto: Jesucristo. 

Él ha puesto en el mundo una "levadura” que madurará en el tiempo fijado por Dios. El evangelio habla de este "tiempo de espera” y del estilo con el que Dios trabaja en el mundo: en este mundo en el que nosotros estamos viviendo hoy. Hoy se presentan estas dos parábolas llamadas "de contraste”. 

Dice Jesús: "El Reino de Dios es como un hombre que echa la semilla en la tierra: sea que duerma o se levante, de noche y de día, la semilla germina y va creciendo sin que él sepa cómo. La tierra por sí misma produce primero un tallo, luego una espiga, y al fin grano abundante en la espiga”. En esta parábola vuelve el mismo mensaje y la misma certeza que Ezequiel. Esta parábola subraya que el estilo de Dios es un estilo de paciencia, pero que alcanza su fin. Dios se asemeja a un campesino que luego de haber arrojado la semilla en la tierra, espera pacientemente la hora de los frutos. 

El campesino no puede acortar los tiempos de las estaciones: él lo entiende y sabe esperar. También Dios sabe esperar.

La paciencia no es debilidad, sino sabiduría. A veces nosotros interpretamos la paciencia de Dios como abandono, lejanía o un silencio que irrita. Pero no es así. 

La explicación de todo está en el hecho que Dios espera. Espera con paciencia nuestra respuesta y que maduremos en la fe. Lo que sucede es que este "esperar” divino corre el riesgo de ser mal entendido. La paciencia de Dios es comprensible sólo desde la humildad de la fe. El Papa san Juan XXIII entendió la paciencia de Dios, la acogió y la transformó en el punto de apoyo de su serenidad. Esto lo escribió él: "El humilde Sucesor de Pedro no encuentra ninguna tentación de consternación. Me siento fuerte en la fe, y junto a Jesús, puedo atravesar no sólo el pequeño lago de Galilea, sino todos los mares del mundo. La palabra de Dios basta para salvar y cantar victoria". El hombre paciente acepta los retrasos, la oscuridad espesa, las contradicciones, las heridas. 

Recordemos lo que decía Charles de Foucauld: "Dios se sirve de los vientos contrarios para conducirnos a puerto”.

 

Por el Pbro. Dr. José Manuel Fernández