En la vida se gana y se pierde, pero, en ese itinerario marcado por las dificultades y los altibajos, algunas pocas cosas esenciales deben quedar preservadas: el amor, la inocencia, la dignidad. Es el modo de recomponer cotidianamente la humanidad, luego de las caídas y apostar a la vida.
Si alguna de esas tardes -aunque sea en sueños- un pequeñito rubio (también podría ser moreno) se te acerca y te dice: "-¡Por favor… píntame un cordero!", trata de hacerlo. "El Principito", el personaje de Antoine Saint de Exupéry, podría andar rondando por ahí, más fácilmente en los sueños, porque ha de ser el territorio más propicio para sus dulzuras. Hay que permitir que este hombrecito se incorpore a nuestras cosas como una reliquia azul, como un reaseguro de la vida. En un país signado por la violencia de toda índole, a la que se le ha hecho el campo orégano por ausencia conciente de límites institucionales, el agua clara puede ser un paliativo entre las manchas.
Bajando el pensamiento desde la dulce figura de un niño ingenuo y fundamental, para recalar en la realidad que nos acecha con problemas muy ajenos a la ternura, es imprescindible, cuanto antes, tomar conciencia del país que nos toca y nos duele, y reflexionar con rigor que no se puede vivir dignamente en la zozobra; que no es meritoria la vida supeditada al desasosiego, al desencuentro, otras veces al cachetazo artero, al ataque anónimo desde cualquier lugar. No es éste un tema ideológico. La tranquilidad ciudadana y la seguridad no son patrimonio de las derechas ni de las izquierdas. Prevenir los desbordes y el delito o reprimirlos con todo convencimiento y energía dentro de la ley, no es un instrumento y herramienta de gobiernos liberales, socialistas o populistas, sino un deber del Estado como institución organizadora de los pueblos.
De nada sirven las rimbombantes argumentaciones fundadas en las garantías del individuo como limite a la acción del Estado, o la cómoda posición de no "judicializar" protestas, aunque sean salvajes y conspiren contra la tranquilidad de la misma nación. El ciudadano ya tiene otorgadas sus garantías desde el instrumento sagrado de la Constitución; pero si la calle se vuelve territorio para cualquier cosa, y ni siquiera en nuestras casas podemos disfrutar de alguna mínima tranquilidad, todo el andamiaje garantista trastabilla.
Sé perfectamente que la aspiración de tener cercano al Principito aparece en estos momentos que nos toca vivir como una quimera, pero no por eso debemos apartarla de nuestras legítimas aspiraciones: que la quimera se convierta en genuina ilusión. Es el mismo dulce personaje el que -a punto de acobardarse y abandonar- se va alejando de la escena que nos toca protagonizar, por elementales razones que, seguramente, no comprende; porque la violencia consagrada en el ataque cotidiano al ciudadano pacífico, se va adueñando del escenario nacional, erigiéndose en un contravalor que opera como sobreentendido.
(*) Abogado, escritor, compositor, intérprete.
