
La frase pertenece a Pilar Sordo, psicóloga, escritora y conferencista chilena, de gran fama en el mundo de habla hispana. La pronunció en un coloquio en la provincia de Córdoba, hablando sobre el desafío de ser feliz. Sus palabras hacen referencia a la hiperconexión hacia afuera que mostramos y a la ausencia de una mirada interior que nos permita ver cómo estamos o qué necesitamos para estar mejor. Hay un desmedido interés en saber qué nos dice o cómo está ese otro con quien interactuamos, que no siempre va de la mano con el interés que mostramos por escuchar a nuestro propio yo. Muchos de nosotros, en la lista de rutina diaria tiene como una de las primeras cosas que hacemos al despertar, el mirar las noticias y los mensajes por el celular. Mirar hacia afuera, como una especie de alienación por la que vamos perdiendo la capacidad de reconocernos a nosotros mismos. Hiperconectados hacia afuera, mientras el yo empieza a ser un verdadero desconocido.
IMPLICANCIAS ÉTICAS
Este paulatino debilitamiento de nuestra autoconsciencia tiene sus implicancias en el orden ético. La falta de reflexión, de una mínima vida interior, de un momento diario para la pausa, para la formación, o para restablecer un diálogo con Dios de la manera que lo concibamos, nos va convirtiendo en paria de nuestro yo. De allí que esta enajenación produce un proceso de transformación de la conciencia que nos vuelve dubitativos en el juicio moral y maleable a lo que el mundo externo nos propone. No es indiferente esta hiperconexión hacia afuera.
No mirar la luna, pero sí el celular tiene profundas repercusiones en nuestra vida diaria. Zambullido de lleno en el mar de las redes y ajeno a sí mismo, el individuo pierde contacto con sus raíces morales y con su propia biografía. La vida moral de una persona no es una foto, es una película autobiográfica que va reflejando las secuencias (experiencias) anteriores. Allí radica la importancia de conocernos en nuestras luces y sombras, en nuestros aciertos y yerros. Al fin y al cabo, somos eso.
DESCONECTADOS DE LA IDENTIDAD MORAL
Esta enajenación a la que nos va llevando una exagerada hiperconexión hacia afuera nos desconecta de nuestra identidad moral y termina afectando el discernimiento que nos permite juzgar nuestras decisiones conforme a la propia experiencia moral. Reflexionamos a partir de la experiencia en orden a la acción concreta. Y ello lo hacemos acorde a principios y valores morales que fundamentan y sostienen el juicio. Pues bien, esa ausencia de una mirada interior, nos desconecta de nuestra identidad moral. Los límites entre el bien y el mal se vuelven cada vez más difusos como también se vuelven más borrosos los principios que nos ayudan a discernir qué es lo correcto en la acción concreta. Y la conciencia moral se nutre de certezas no de dudas.
LA LUNA ESTÁ, AUNQUE NO LA MIREMOS
¿Crees realmente que la luna no está allí cuando no miramos? Frase atribuida a Einstein que bien puede extrapolarse de la física cuántica y aplicar al tema que nos ocupa. Los valores universales, los ideales, el bien, la trascendencia siempre están en el horizonte como llamadores de las conductas más nobles. Por estar enajenados de nosotros mismos y perdidos en la hiperconexión hacia afuera, podemos perdernos esta hermosa aventura de ser cada vez mejores seres humanos.
Por Miryan Andújar
Abogada, docente e investigadora
Instituto de Bioética de la UCCuyo
