Al atardecer de ese mismo día, Jesús dijo a sus discípulos: "Crucemos a la otra orilla". Ellos, dejando a la multitud, lo llevaron a la barca, así como estaba. Había otras barcas junto a la suya. Entonces se desató un fuerte vendaval, y las olas entraban en la barca, que se iba llenando de agua. Jesús estaba en la popa, durmiendo sobre el cabezal. Lo despertaron y le dijeron: "¡Maestro! ¿No te importa que nos ahoguemos?". Despertándose, él increpó al viento y dijo al mar: "¡Silencio! ¡Cállate!". El viento se aplacó y sobrevino una gran calma. Después les dijo: "¿Por qué tienen miedo? ¿Cómo no tienen fe?". Entonces quedaron atemorizados y se decían unos a otros: "¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen". (Mc 4,35-41).
Jesús dice a sus apóstoles: "Pasemos a la otra orilla". Nos sorprende este continuo moverse del Maestro de un lugar a otro, de no tener morada propia, y no detenerse a gozar de éxitos o posiciones de prestigio. Su pasión son, como afirma el papa Francisco, las "periferias", las "orillas". Pero cuando la barca, en la que se encontraban en medio del lago Tiberíades, corre el peligro de hundirse y las olas entraban en el barco, comienzan a desesperarse, quejándose porque Jesús parece que duerme. Por eso le echan en cara: "¿No te importa que nos ahoguemos?". En la Biblia el sueño tiene mala prensa. "Vino Jesús y los encontró ‘dormidos’. ‘Simón ¿duermes? ¿Cómo es que están dormidos? ¡Levántense , oren". (Mc 14,37). "Y volvió otra vez y los encontró dormidos", (Mc 14,40). "Mientras su gente dormía llegó su enemigo y sembró la cizaña". (Mt 13,25). Y Pablo exhorta: "No durmamos como los demás, sino velemos y seamos sobrios, pues los que duermen, son hijos de la noche", (1 Tes 5,6). Y, otra vez, a los Efesios: "¡Despierta! tú que duermes, levántate de entre los muertos" -los muertos en vida, se entiende- (Ef 5,14). Pero no todo es reproche, en la Biblia, al sueño del hombre. Sorprendentemente, leer los Salmos es un continuo encontrarse con las quejas de los salmistas respecto al sueño de Dios: "Despiértate, Señor, no duermas, levántate contra el furor de mis adversarios", (Sal 7,6). "¿Por qué te ocultas?, ¿duermes? Los impíos piensan ‘Dios no existe’; ¿ Por qué te quedas lejos Señor, ¡despierta!, levántate, no te olvides de tus pobres", (Sal 10,12). Y "¿Hasta cuándo me tendrás olvidado Señor? ¿Hasta cuándo mi enemigo prevalecerá sobre mi? Mírame ¡despiértate! respóndeme, ilumina mis ojos para que no caiga en el sueño de la muerte" (Sal 13,3). "¡Despierta Señor! ¡Por qué duermes? ¡Levántate de una vez, no nos rechaces más!" (Sal 44,23).
De estos ejemplos podemos encontrar muchos más. A veces parece que Dios calla, o como titulaba el filósofo español Rafael Gambra (1920-2004), a uno de sus libros más lúcidos, "El silencio de Dios": no se siente. Pero, en realidad, esta sensación terrible de la ausencia divina que pueblos e individuos siempre alguna vez sufren en sus vidas, en la Biblia siempre es compensada por la fe inconmovible de que, aunque se haga esperar, "nunca duerme". Y, aún todos estos salmos de amarga queja, siempre terminan con un grito de fe, o con un canto de triunfo o de esperanza. No duerme el Señor. A pesar de sus largos silencios y nuestras largas penas. Y, si parece que duerme, lo hace como Endimión, el personaje de la mitología griega, con los ojos bien abiertos, mirándonos a nosotros, sus amados. Cuando sea el mejor momento, Él se levantará; e increpará al viento y dirá al mar "Silencio, cállate". Y la calma vendrá.
Cuando se desencadena en el mar la tempestad, al menos en el pasado, los marinos solían echar aceite sobre las olas para calmarlas. Nosotros echamos sobre las olas del miedo y de la angustia, la confianza en Dios. San Pedro exhortaba a los primeros cristianos a tener confianza en Dios en las persecuciones, diciendo: "Confíenle todas vuestras preocupaciones, pues Él cuida de ustedes" (1 Pe 5, 7). Dios nos cuida, le importa nuestra vida, ¡y de qué manera! Una anécdota citada con frecuencia habla de un hombre que tuvo un sueño. Veía dos pares de huellas que se habían quedado grabadas en la arena del desierto y comprendía que una par de huellas eran las de sus pies y el otro par las de los pies de Jesús, que caminaba a su lado. En un cierto momento, un par de huellas desaparece, y comprende que esto sucedió precisamente en un momento difícil de su vida. Entonces se lamenta con Cristo, que le dejó solo en el momento de la prueba. "Pero, ¡yo estaba contigo!", responde Jesús. "Cómo es posible que estuvieras conmigo, si en la arena sólo se ven las huellas de dos pies?". "Eran las mías -responde Jesús-. En esos momentos, te había cargado a hombros". Recordémoslo cuando también nosotros sintamos la tentación de quejarnos con el Señor porque pareciera que nos deja solos.
