La fiesta de la exaltación de la Santa Cruz que se celebra hoy, se remonta a la primera mitad del s. IV. Según la "Crónica de Alejandría”, santa Elena, la madre del emperador Constantino redescubrió la cruz del Señor el 14 de septiembre del año 320. En la celebración de esta liturgia dominical, se nos invita a mirar a la cruz, el "lugar privilegiado” en el que se nos revela y manifiesta el amor de Dios. El Viernes Santo de este año, el papa Francisco señalaba al concluir el Vía Crucis en el Coliseo, que "frente a la Cruz de Jesús, vemos casi hasta tocar con las manos cuánto somos amados eternamente. Desde la Cruz, Jesús nos enseña que el mal no tiene la última palabra. Ésta la tiene la Resurrección que ha vencido a la Cruz. La última palabra la tiene el amor, la misericordia y el perdón”.
La pasión de Cristo sufrida en la Cruz del Viernes Santo, descrita proféticamente en Isaías e históricamente en los Evangelios tiene un mensaje especial para los tiempos que estamos viviendo. El mensaje es: ¡No a la violencia! El Siervo "no ha cometido violencia”, si bien sobre Él se ha concentrado toda la violencia del mundo: fue golpeado, traspasado, maltratado, aplastado, condenado, quitado de en medio y finalmente arrojado en una fosa común. En todo ello no abrió la boca, se comportó como cordero manso llevado al matadero, no amenazó con venganza, se ofreció a sí mismo en expiación e "intercedió” por los que le daban muerte: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. (Lc 23,34).
Así venció a la violencia; la venció no oponiendo a ésta una violencia mayor, sino sufriéndola y mostrando toda su injusticia e inutilidad. Ha inaugurado un nuevo tipo de victoria que San Agustín ha condensado en tres palabras: "Víctor quia víctima”: vencedor porque es víctima. El problema de la violencia nos angustia, nos escandaliza. Actualmente ésta ha inventado atemorizantes formas nuevas de crueldad y ha invadido hasta los terrenos donde debería ser un remedio contra la violencia: el deporte, el arte, el amor. Basta pensar en lo que están sufriendo ahora los cristianos en el norte de Irak y en Siria. Nosotros, los cristianos, reaccionamos horrorizados a la idea de que se pueda hacer violencia y matar en nombre de Dios. Dios pronuncia en Cristo un definitivo y perentorio "No” a la violencia, oponiendo a ésta no simplemente la no-violencia, sino, más, el perdón, la benignidad, la dulzura: "Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11, 29). El verdadero sermón de la montaña, sin embargo, no es el que Jesús pronunció un día sobre una colina de Galilea; es el que pronuncia ahora desde lo alto de la cruz, en el monte Calvario, ya no con palabras, sino silenciosamente y con los hechos.
La fiesta de la Exaltación de la Cruz no significa que el cristianismo sea una exaltación del sufrimiento, del dolor o del sacrificio por el sacrificio. Lo que exaltamos es el amor incondicional de un Dios que compartió nuestra condición humana y se comprometió hasta el final. Recuerdo lo que nos decía un cardenal de la Iglesia durante un retiro que tuvimos en Roma. Bajó el crucifijo que estaba colgado en la pared, y mostrando la parte posterior del mismo nos decía: "Observemos, en esta parte hay un lugar para cada uno de nosotros. Sufrir significa estar crucificados detrás de la cruz de Cristo; basta dirigirle una palabra y Él te responde, porque está allí muy cerca de tu dolor”. ¡Magníficas palabras que expresan una gran verdad! Es que en el misterio del sufrimiento, allí está Jesús. Y a todos aquellos que en el momento de cruz se pueden llegar a sentir solos, tengan presente lo que el pintor italiano Masaccio representó en su obra de la Basílica "Santa María Novella”, cerca de la estación de trenes de Florencia (Italia). Aparece el Señor Jesús sobre la cruz, y los personajes clásicos de la crucifixión, junto al Padre eterno y la paloma que representa al Espíritu Santo. La cruz no está apoyada sobre la tierra, ya que es el Padre quien la sostiene. Jesús está clavado en la cruz, sostenida por los brazos del Padre. Bellísimo es el sentido que el artista ha querido expresar, con una elocuencia extraordinaria: Dios es quien permite las pruebas, pero es Él quien sostiene tu cruz para que puedas seguir caminando. Uno de los mayores teólogos ortodoxos del siglo pasado, Pavel Evdokimov (1901-1970), en su obra "El loco amor de Dios”, presenta una frase que nos tendría que hacer reflexionar hoy: "Cristo es débil, entendiéndolo bien, no en su omnipotencia formal, sino en su amor que renuncia libremente a la prepotencia y a la fuerza, para dar desde allí una cátedra de ternura y bondad sin límites”. Como enseñaba el Padre Pio de Pietrelcina: "Jesús nunca está sin la cruz, pero la cruz no lo está nunca sin Jesús”.
